Se llamaba Clandestino. Y fue la suya una embestida artera que sorprendió a Morante en los medios de La Maestranza mientras lo bregaba entre sobresaltos y penurias. Arrolló al maestro el ejemplar de García Jiménez y le propinó una cornada en la zona anal que lo condujo a la enfermería. La plaza se contrajo en ese silencio pastoso de las tragedias verdaderas, cuando el alboroto se coagula y el miedo adopta una forma física, orgánica.
Se venía venir, no porque fuéramos agoreros, sino por las estrecheces y apreturas que identifican la tauromaquia del matador sevillano. A Morante puede echarle mano un toro en cualquier momento y en cualquier situación, no por falta de recursos ni de defensas, sino porque cultiva las faenas en un campo de minas.
Le pesan los años (47), le pesan los kilos. Y puestos a pesar, lo que pesa es el aplomo, la firmeza con que juega las muñecas. La lucidez y el conocimiento no le sustraen a la ferocidad de las reses ni al prosaísmo de los partes médico.
El emitido este jueves no se ahorra la severidad ni el complicado régimen de convalecencia: "Herida por asta de toro en margen anal posterior con trayectoria de unos 10 cm, lesionando parcialmente musculatura esfinteriana anal y con perforación en cara posterior de recto de 1,5 cm. Lavado de herida, y reparación de pared rectal y aparato esfinteriano. Drenaje aspirativo en espacio postanal y retro rectal".
Conviene detenerse ahí. En la noticia. En la cornada. En el cuerpo. En la carne vulnerada del torero que llevábamos días adorando como si la devoción pudiera conceder inmunidad. Ahí reside la primera lección de Morante y también la más incómoda. Se habla mucho de su inspiración, del barroquismo de su capote, del natural de seda, de la arqueología sentimental que remueve cada vez que pisa un ruedo. Se habla menos de esto otro. Del precio. Del peaje. De la manera brutal con que la verdad del toreo exige un tributo.
Cerca estuvo de pagarlo el compañero Borja Jiménez, artífice de una actuación -oreja, vuelta, oreja- que hubiera merecido la Puerta del Príncipe de haber acertado con los aceros, pero ni siquiera la gloria del Guadalquivir hubiera subordinado los titulares de la "caída" de Morante, vulnerable y humano, my humano, en la misma plaza donde había rebasado el umbral de la gloria cuatro días antes.
Y aquí aparece la clave del abismo. Morante ya no se sostiene en las ventajas físicas de la juventud, ni en la facilidad atlética, ni en la ligereza despreocupada de los primeros años. Torea con un cuerpo adulto, castigado, frágil, visible. Torea desde una biografía. Torea desde una experiencia de la herida que ya no admite ingenuidades. De ahí que su valor conmueva tanto. No consiste sólo en quedarse quieto delante del toro. Consiste en quedarse quieto sabiendo demasiado. Lo que duele una cornada. Cuánto pesa una tarde. O sabiendo que la inspiración no protege del pitón.
Hay toreros excelentes que dominan la lidia. Morante hace algo más peligroso. La desborda. La lleva hacia un territorio donde la técnica, aun siendo imprescindible, deja de bastar. En él comparece una profundidad inhabitual, una voluntad de ir más adentro, de excavar en la ceremonia hasta encontrar un fondo de tragedia, de humor, de extravagancia, de antigua liturgia y de vanguardia insolente.
Su toreo posee espesor porque no busca resolver la tarde, sino revelarla. Y quien se dedica a revelar cosas termina tarde o temprano bajo una luz despiadada.
Lo pudimos apreciar en la extraordinaria faena al primero de la tarde. No debería parecernos rutinaria la excelencia con que maneja el capote ni la pureza de su mano izquierda. Menos aún su tauromaquia total o el virtuosismo de la estocada, pero el caso es que el presidente se abstuvo de concederle las dos orejas.
Sonreía Morante en la vuelta al ruedo y se dolía en el trayecto hacia la enfermería. De ahí la conmoción. La cogida no corrige el delirio morantista. Lo confirma. La idolatría que lo rodea no nace sólo del gusto. Nace de una intuición mucho más seria. La intuición de que Morante torea donde los demás apenas se asoman. Vive ahí, en la cornisa. Y desde esa cornisa administra el capote, la muleta, el gesto, el tiempo, la pausa, incluso el error. Cuando sale bien, el toreo adquiere una categoría sobrenatural. Cuando sale mal, o cuando el toro hiere, entendemos de golpe que lo extraordinario y lo terrible se rozan demasiado.Tal vez ahí resida la definición más exacta de su grandeza. Morante no torea en la comodidad del milagro. Torea en el abismo. Y el abismo, algunas tardes, devuelve la mirada.
