SPREADING FREEDOM AROUND THE WORLD


UNO, DOS, TRES, CUATRO, CINCO, SEIS, SIETE, OCHO, NUEVE, DIEZ...

UNO, DOS, TRES, CUATRO, CINCO, SEIS, SIETE, OCHO, NUEVE, DIEZ...
"EL CAPITALISMO NO ES NADA MÁS QUE UNA EMPRESA DE LADRONES COMUNES DISFRAZADA DE 'CIVILIZACION' QUE EXTENDIÓ, IMPERIALÍSTICAMENTE, A ESCALA GLOBAL, UN 'SISTEMA' (ECONÓMICO, POLÍTICO, IDEOLÓGICO Y SOCIAL) PARA LEGALIZAR Y LEGITIMAR CON LEYES UN ROBO MASIVO Y PLANETARIO DEL TRABAJO SOCIAL Y DE LOS RECURSOS NATURALES, ENMASCARADO DE 'ECONOMÍA MUNDIAL' " Manuel Freytas -- "LA SITUACION DEL CAPITALISMO HOY EN DIA NO ES SOLAMENTE UNA CUESTION DE CRISIS ECONOMICAS Y POLITICAS, SINO UNA CATASTROFE DE LA ESENCIA HUMANA QUE CONDENA CADA REFORMA ECONOMICA Y POLITICA A LA FUTILIDAD E INCONDICIONALMENTE DEMANDA UNA REVOLUCION TOTAL" Herbert Marcuse, 1932



"UN SISTEMA ECONÓMICO CRUEL


AL QUE PRONTO HABRÁ

QUE CORTARLE EL CUELLO"

¡ QUÉ GRAN VERDAD !
PORQUE FUÉ ESE MISMO
SISTEMA ECONÓMICO CRUEL,
PRECISAMENTE,
¡ EL QUE LE CORTÓ EL CUELLO A ÉL !


Monday, December 2, 2019

LECCIONES DE METAFISICA, Lección VIII


LECCION VIII


"Todo ello acontece en la soledad de cada hombre. Ningún otro interviene en mi angustia ni en mi preocupación interrogativa por el ser de lo que me inquieta"

 "El mundo al que es arrojado el hombre cuando sale del paraíso es el verdadero mundo porque se compone de resistencias al hombre, de algo que le rodean y con los cuales no sabe qué hacer, porque no sabe a qué atenerse con respecto a ellos...El paraíso es el mundo mágico de que hablamos el otro día. El mundo, en cambio, es el antiparaiso"  


Si la tierra tiembla dejando de sostenernos y, por tanto, negándonos su habitual servicio nos preguntamos: ¿Qué es la tierra? 

Cuando el sol súbitamente y en pleno día niega su iluminación habitual favorable al hombre éste se pregunta: ¿Qué es el sol? 


(Las cosas tiene que negarse a ellas mismas, desaparecer en función de ser usufructuadas por nosotros, para que nos pongamos a preguntarnos por el ser de ellas, y con ello comenzamos a verlas como extrañas y a interrogarnos sobre ellas)

Estas preguntas por el ser nacen, pues, inspirada por haber perdido la confianza en nuestra circunstancia; es lo que hacemos cuando ante una cosa no sabemos qué hacer cómo comportarnos, qué conducta seguir. 


La confianza anterior en que con respecto a ella estábamos consistía en que no habíamos reparado en ella como tal, por tanto, que no la veíamos como otra cosa, independiente, ajena y extraña a nosotros. 

Al fallarnos, notamos esta falla como resistencia a nosotros, como negación de nosotros y este no ser «yo» la separa de mí, la contrapone a mí; y este carácter de ser «lo contra mí» me hace verla como independiente de mi, la pone en sí misma, la pone en sí. 


Lo propio acontece con mi cuerpo: cuando enfermo se opone a mí y no me sirve, ipso facto queda ajeno a mí, heterogéneoDe este modo el hombre al vivir descubre la dualidad radical de su vida: siente que está en lo otro diferente asímismo, en país extraño, depaysé. 


El mito de la expulsión del paraíso representa, acaso, [una visión] de la vida que hace de ella un estar fuera, en un contorno que no se nos resistiese, y que por no resistírsenos se confundiese con nosotros mismos; es decir, que no seria contorno. 

El mundo al que es arrojado el hombre cuando sale del paraíso es el verdadero mundo porque se compone de resistencias al hombre, de algo que le rodean y con los cuales no sabe qué hacer, porque no sabe a qué atenerse con respecto a ellos. 


El paraíso es el mundo mágico de que hablamos el otro día. El mundo, en cambio, es el antiparaiso. 


A la confianza con lo habitual, con las cosas en que no se reparaba, sucede la desconfianza la desorientación, el incesante alerta. 

Una circunstancia tal, compuesta de algos ante los cuales no sabemos qué hacer, está constituida por problemas, por cuestiones. 


Lo que primariamente nos es cuestión es qué haremos con o ante una tierra que tiembla, esto es, que no está quieta, ante un sol que no luce, ante un cuerpo que está enfermo, esto es, que no está sano


Por tanto, lo que primariamente es cuestión para nosotros es nuestro hacer, nuestros actos. Y noten ustedes el casi gracioso resultado: al sernos cuestión qué haremos con esos algos lo que decidimos es... hacernos una pregunta, esto es, hacernos cuestión de ellos, preguntándonos: Qué es la tierra, qué es el sol, qué es mi cuerpo? 


Pero apretemos un poco más el sentido de ese hacernos cuestión de las cosas. 


¿No es también un hacernos cuestión de nuestro hacer? Cuando la tierra tiembla yo no sé si echar a correr o tenderme o subirme a un árbol o salir al mar en fuga del suelo rebelde. Y para resolver esta cuestión de mis haceres materiales con ella, me hago la pregunta por el ser de la tierra, esto es, me hago cuestión de qué debo pensar sobre ella; por tanto, de otro hacer mío, pero ahora del peregrino hacer intelectual. 

Suspendo, pues, mi trato corporal, digamos, práctico con la tierra y me preocupo de mi trato intelectual con ella. 


Me recluyo en una dimensión de mi vida – el pensamiento – al serme cuestión las demás. Esta dimensión se ha llamado: «vida contemplativa». 


El nombre induce a error. El pensamiento, como hacer del hombre, no consiste en mirar desinteresadamente los objetos en torno y reflejarlos como un espejo, que es lo que parece significar la palabra «contemplación». 

Hemos visto que el acto inicial del pensamiento era preguntarse por el ser de algo, por ejemplo, de la tierra, que ha temblado. Pero la tierra está ahí y no tengo, por tanto, que preguntarme por ella. La pregunta significa, por el contrario, que necesito alejarme de la tierra que está ahí y ponerme en marcha hacia su ser que por está ahí. 


De aquí una de las metáforas más insistentes que designan el pensamiento como un caminar y al hombre que piensa como un caminante, viator. 


Esta idea de camino culmina en la idea de método. No es, pues, el pensamiento contemplar la tierra que ya está ahí, sino, al contrario, intento de dejar de ver la tierra según está ahí, y sustituirla por otra cosa que es su ser. 

La otra metáfora más moderna para designar el hacer intelectual o pensamiento es ésta: con la tierra que está ahí y que, por temblar, no nos sirve y nos impide estar seguros sobre ella, tenemos que hacer otra tierra segura. Si yo sé a qué atenerme, respecto a esos temblores, si sé cuándo, por qué y en qué medida se producen adquiero con respecto a ellos seguridad. 


Pero eso supone que uso la tierra que está ahí como dato o conjunto de datos con los cuales, como con un material, construyo una imagen firme de la tierra, el ser de la tierra, la verdad sobre la tierra. 


El pensamiento, visto al través de esta metáfora, tampoco es contemplación, es construcción y aparece como un caso particular del hacer técnico; que no es desinteresado, que no es reflejar las cosas, sino transformarlas fabricando, con ellas otra que me sirva, que se adapte a mí. 


Como el carpintero con el tronco que el árbol le ofrece y que está ahí, hace una silla que no estaba ahí sino que es, «creación», construcción suya, así el pensamiento con las cosas inmediatas de nuestra vida fabrica el ser de esas cosas, que nos tranquiliza, que nos permite servirnos de,, ellas, diríamos, contra la voluntad de ellas. 


Sin que yo insista ahora sobre el tema conviene subrayar que esta advertencia incidental nos hace entrever todo pensamiento, incluso el pretensamente más puro contemplativo, como un caso particular de la actividad técnica del hombre. 


Si esto fuera cierto habría, en algún modo, que invertir el orden tradicional diciendo que el hombre no fabrica instrumentos utiles. Porque piensa y sabe sino al revés que es homo sapiens porque es, quiera o no, homo faber y la verdad, la teoría, el saber no es sino un producto técnico. 

Y, en efecto, de las muchas cosas que se pueden hacer con la madera del árbol, sillas, mesas, estatuas, cruces, canoas, una es la teoría que se puede hacer, fabricar sobre la madera del árbol. Es más, no se puede hacer ni el más sencillo taburete con ella, si antes no se ha hecho un mínimum de teoría sobre ella. El taburete supone, en efecto, ciertas elementales ideas de estática. 

Ello es que mi pregunta qué es la tierra? expresa mi inseguridad respecto a ese importantísimo ingrediente de mi circunstancia. Yo antes, confiado, contaba con la tierra sin reparar en ella: ahora, cuando tiembla, reparo en ella, pero no puedo, sin más, contar con ella por la sencilla razón de que ya no tengo la tierra


Yo llamaba tierra a lo que me sostenía, pero ahora no me sostiene, por tanto no es tierra. (Terra, tersa, es «lo seco», se entiende, lo no líquido, lo sólido, lo firme.) ¿En qué quedamos? No puedo quedarme ni con lo uno ni con lo otro, la tierra no es ni lo uno ni lo otro. Al encontrar por vez primera la tierra como lo otro que yo, como indócil a mi servicio, lo primero que encuentro es que no tiene un ser; o lo que es igual, que no es nada, que es un no ser ante mí.  
Por eso digo que no tengo ya la tierra, sino en su lugar un vacío de ser. ¿Y cómo voy a saber lo que puedo hacer con la tierra si ésta consiste en no ser esto ni lo otro, por tanto, [si] es un puro enigma? 

Sin duda, la tierra sigue estando ahí: la hay pero eso que hay es un no ser. Tal vez resulte a algunos un poco difícil entender esto, pero es lo más sencillo del mundo. 


Imaginen ustedes, que a alguien ignorante del lenguaje chino, le presentamos un papel escrito y redactado en ese idioma y agregamos: morirá usted mañana si no hace usted lo que en ese papel se dice.

El escrito está ante él, lo hay, hay un decir. Pero, ¿qué le dice ese decir? Le dice... nada. Lo que hay, pues, ante él es una negación, un vacío de algo, el hueco de un decir. Hay una realidad, sin duda, pero esa realidad positiva consiste precisamente en una negación de sí misma; es lo que la filosofía había de llamar la «privación», un activo no ser. 


Nuestra pregunta ¿qué es la tierra? aspira a llenar ese vacío, a encontrar tras ese «no ser» de la tierra su ser positivo, a sustituir la impresión de inseguridad que experimentamos por un estado de seguridad. 


Veamos ahora cuál es nuestro segundo acto después de ese inicial que consiste en preguntarnos. 


La angustia que el hombre siente ante el terremoto es inalienable: quiero decir que cada hombre la siente efectivamente por su propia, individualísima cuenta. La aspiración a salir de esa inquietud y la pregunta que se hace sobre el ser de la tierra son actos vitales no menos auténticos, no menos suyos. 


Todo ello acontece en la soledad de cada hombre. 


Ningún otro interviene en mi angustia ni en mi preocupación interrogativa por el ser de lo que me inquieta. 


Pero he aquí que, después de hacernos a nosotros esa pregunta en la radical soledad que es la vida efectiva de cada cual, la primera respuesta que el hombre busca no la busca en sí mismo, no se ocupa en hacérsela él sino que tiene la tendencia a encontrarla ya hecha en su entorno social.


Después de preguntarse a sí mismo pregunta a los otros hombres, es decir pregunta desde su propia memoria donde retiene ideas recibidas del contorno que le han sido insufladas en la escuela, en conversaciones, en lecturas. 

No busca pues, averiguar por si lo que es la cosa sino que primero se contenta con averiguar lo que sobre ella «se dice». 


El sujeto de este decir es lo que hemos llamado «la gente»: el contorno social, el personaje colectivo, sin individualidad, que no es nadie determinado y por lo mismo irresponsable. 


Noten la transmutación que esto significa. La angustia y la pregunta inicial que es disparada por aquella son exclusivamente mías: las vivo y las soy por mi cuenta, solo yo conmigo; pero ahora habita en mí como respuesta una idea que no es mía, que no me he hecho yo sino que tomo ya hecha del ambiente. 

En suma, que suplanto mi yo individual por el yo social, dejo de vivir yo mi vida auténtica y hago que ésta se conforme según un molde mostrenco, común, anónimo.  De ser individual paso a ser comunal practico vital comunismo en el orden del pensamiento. 

Precisemos algunos de los elementos que van implicados en esta transmutación, en ese – coma instintivorecurso de mi yo auténtico al inauténtico yo social; inauténtico porque, gústeme o no, yo no soy los demás, la gente. 

La gente no es ningún efectivo y responsable yo. La «gente», el «yo» social, no vive, no nace y muere, no sufre, no tiene que decidir su ser, no piensa por sí sino que sola repite pensamientos; esto es, «dice», habla en el único sentido en que «decir» y «hablar» no es una misma cosa con pensar y con darse cuenta de lo que se dice y se habla. 

Por todas estas razones califico el yo social de inauténtico. El yo común no es ningún yo determinado, por tanto, es nadie. 


Los elementos más interesantes – reitero – que van implicados en ese recurrir de mi yo al yo social, en ese caer desde mí mismo sobre la colectividad, son: 

1º. La desconfianza ante mi contorno social tiende a tranquilizarse en una confianza, por lo visto, existente dentro de mí, en la «gente». Desconfío de la naturaleza y confío en la sociedad, en la humanidad. 


2º. Esta confianza implica por mi parte la creencia de que hay siempre un repertorio de respuestas en mi contorno social; por ejemplo, que yo no sé lo que es la tierra, pero que la «gente» lo sabe.


3º. Esto, a su vez, significa que el hambre al vivir se da cuenta de que está siempre en una circunstancia o mundo no sólo natural, de cuerpos minerales, vegetales, animales, sino que flota al mismo tiempo siempre en una «cultura» preexistente. Cultura es ese repertorio ambiente de respuestas a las inquietudes de la vida auténtica o individual. 

4º. Que sea por los motivos que sea, bien o mal fundados, yo tiendo a abandonar mi propia vida, tiendo a hacerme irresponsable de ella, a suplantar mi yo por un yo común e inauténtico. 

5º. Que esa respuesta de la gente, del vulgo común, que admito, una de dos: o la admito repensándola íntegramente y entonces propiamente no la recibo sino que la recreo con mi esfuerzo personal y haciéndola renacer de mi propia evidencia; o la admito sin revisarla, sin pensarla, por tanto, la admito precisamente porque yo no la pienso sino porque la piensa la gente, porque se dice. El fenómeno de abandono en el yo social, de no llevarse y sostenerse a si mismo, sino de caer, como en un colchón, en la comodidad del «se dice», de la «gente», de la «opinión pública», de la masa, que ahora analizamos es el que acaece en este último caso. Pero entonces nótese: 

6º. Hay una gran incongruencia entre la pregunta y la respuesta. La pregunta ¿qué es la tierra? la he pensado y sentido yo con su efectiva e intransferible angustia, mas la respuesta: la tierra es un astro – u otra pareja – no la he pensado ni repensado yo sino que me repito con ella lo que «se dice», y con este repetir entro a formar parte de la gente, la cual es nadie. Yo, pues, me vuelvo nadie, que es lo que, practicando un calembour con su nombre, hacía Ulises cuando quería ocultarse o desaparecer.

7º. Con lo cual se cierra el ciclo de este proceso primario: me hago la pregunta en vista de que la tierra habitual se me volvió un no ser, se me hizo nada; pero al recurrir a lo que se dice recurro a nadie. 


Estas son las implicaciones principales que lleva en sí ese movimiento que hacemos o, lo que es igual, tendemos a hacer siempre que reparamos en el antagonismo del contorno frente a nosotros. 



No se trata aquí de hacer historia, de lo que la vida humana es en una época a diferencia de lo que es en otra. Se trata, por el contrario, de dibujar la estructura permanente de la vida, lo que ésta es siempre. En todas las épocas funciona el sistema de acciones esenciales en que la vida consiste: la diferencia entre unas y otras procede del más y el menos en la preponderancia de unas acciones sobre otras. 

Así en determinados tiempos este recurso a la cultura ambiente, tópica y ya hecha, no se estabiliza o se estabiliza menos que en otras. En algunas épocas el hombre dogma esa tendencia a abandonarse en lo colectivo y vuelve a sí mismo, desecha la idea ambiente y busca hacerse una propia, individualísima opinión. En otros tiempos acontece lo contrario. Este es un tema de suma importancia para una filosofía de la historia. 

Como no intentamos ahora ocuparnos de esta disciplina evitaremos desarrollarlo. Sólo al paso, y como de soslayo, conviene dejar hecha la advertencia de que conforme retrocedemos en la cronología histórica y nos acercamos a la vida primitiva, al abandono de la propia vida al yo social y colectivo es más acusado. 


(Engels: al principio, dominaba la conciencia colectiva, la de la tribu, la del grupo, a cuyos intereses quedaba supeditado el yo individual, etapa histórica esta que corresponde a la fase de la propiedad colectiva --comunista-- de la  humanidad)

Lo que «se dice», la opinión establecida de antiguo, en suma, la tradición domina por completo al pensamiento individual. 


No es éste quien discrimina, juzga y sentencia según su personal criterio de íntima evidencia sobre la verdad o error de la idea tradicional, sino, al revés, el individuo somete su espontánea convicción al tribunal de la tradición. 

Cuando un pensamiento ante mí funda su verdad en que me parece evidente, el principio que me mueve a adoptarlo se llama razón. Cuando, por el contrario, funda su «verdad» en que «se dice» por la gente desde tiempo inmemorial, por tanto, en el hecho bruto de su repetición, el principio que me mueve a adoptarlo se llama tradición. 


La razón nos aparece ya aquí como un imperativo de recurrir cada cual a sí mismo. La tradición, viceversa, como un imperativo de escamotear nuestro «yo mismo» disolviéndolo en lo colectivo


Si la vida primitiva se caracteriza por el casi radical predominio del imperativo tradicional, es ilusorio pensar que en época alguna deje de actuar. 


El más resuelto a seguir sólo la razón, es decir, su íntima evidencia no puede seguir de hecho esta norma sino en pequeños sectores de su vida: el resto de ella lo entrega a la tradición y vive de ella. Sin esta porción de ideas convencionales no podría vivir, su inseguridad ante la mayor parte de su circunstancia sería intolerable. La sociedad, es decir, la tradición le lleva en brazos y al mismo tiempo le aprisiona. 

Expresado lo mismo en otra forma tendremos: nuestro yo propio tiene que existir, quiera o no encajado en un yo social, en una tradición, en un mundo de ideas que no son suyas, con las cuales se encuentra y entre las cuales tiene que alojar las suyas propias; exactamente lo mismo que le acontece con el mundo físico. 


Cada época nos parece, según esto, como una ecuación específica entre razón y tradición, entre la vida auténtica de los individuos y la vida convencional, tradicional. 


Pertrechados con semejantes consideraciones, tornemos a nuestro asunto principal. 


Al preguntarnos angustiados, qué es la tierra?, la tradición nos envía, automática, un enjambre de respuestas ya hechas a alguna de las, cuales, por de pronto, nos agarramos. 

Esas respuestas son de distinta densidad: una es lo que la ciencia más avanzada de este instante histórico opina. Esta respuesta, recién nacida, fresca aún de su aparición en la mente individual de un creador no ha logrado todavía invadir la amplitud anónima del yo social.  Es aún difícil de entender, no es aún un hábito mental, aún se la discute. Para recibirla hay que hacer no poco esfuerzo y casi nos obliga a repensarla por nuestra cuenta. 


Por lo mismo no nos tranquiliza del todo, no nos parece ser la realidad misma que buscamos sino una teoría como tal, una idea de otro hombre. Es el germen de una posible tradición, de un tópico que aún no se ha endurecido, no se ha consolidado. 

Pero tras esa idea hay otras más añejas, de la ciencia de ayer o de anteayer. Estas nos parecen ser ya casi la realidad misma, nos aquietan más. Pero tras ellas hay todavía otras que son las teorías primigenias de la, humanidad decantadas en el idioma. Y éstas nos suelen tranquilizar completamente. No nos parecen teorías, no las vemos como ideas sino como la realidad misma y efectiva. Por eso no se nos ocurre dudar de ellas. 

Es relativamente fácil hacerse cargo de que el cielo de Copérnico es, no la realidad, sino una idea, una interpretación humana de la realidad.


Es fácil porque es relativamente reciente y se opone a lo que los ojos parecen notificarnos. Pero si se dice que el sol es un cuerpo nos parece coincidir de tal modo con la realidad indubitable, con la realidad misma, que no recelamos en ese decir una teoría, una interpretación.

Y, sin embargo, la idea de cuerpo supone toda una concepción del mundo físico, bien que elementalísima y tan antigua en la mente humana que se ha convertido en un hábito profundo en el cual descansamos. 

La idea misma de «cosa» resume una completa metafísica Hasta aquí la hemos usado siempre que al definir la vida decíamos que el hombre se encuentra entre las cosas. 


Ahora debemos hacer la advertencia que «cosa» es ya una interpretación de lo que hay ante el hombre y con lo que éste tiene que habérselas. 

Cosa es un algo al cual atribuimos permanencia de ciertos caracteres al través de sus variaciones, por ejemplo, de sus variaciones de lugar. 

Que el sol en Oriente y el sol en Poniente es el mismo sol, que es un mismo ente o cosa rígida, invariable en su estructura principal y distinta del lugar en que se encuentra ahora o luego, es una sabiduría a que el hombre llegó a fuerza de pensar sobre el contorno. 


Va todo esto a hacer caer en la cuenta de una sencillísima verdad: que si desnudamos la circunstancia mundanal en que estamos de cuanto sobre ella hemos pensado y recibido, la hemos vaciado por completo de ser y en su lugar hemos dejado un enjambre de punzantes problemas. 


Ahora resultará claro de sobra, que si nuestra vida consiste al presente en «estar en una habitación», no quiere decirse que consista en estar el yo de cada cual en un espacio. 


El espacio es una teoría, una idea. «Estar en», empleado como concepto expresivo de la realidad primaria que es nuestra vida, significa simplemente «habérselas con» esto o lo otro, usar de, manejar, «servirse de». 


La habitación en que al vivir ahora nos encontramos no es ni siquiera una «cosa»: es aquello de que se están ustedes sirviendo para hacer lo que han decidido hacer, que es «escuchar una lección».
 


La habitación está ahí; no espera para estar ella ahí y nosotros en ella que pensemos sobre ella y la interpretemos. Se adapta suficientemente al proyecto de ser oyentes de una lección, en vista del cual han venido ustedes a ella. Por lo mismo no se hacen cuestión de ella, sino que la usan sin más, diríamos, la viven como tal habitación


Pero si hubiera en ella excesivas resonancias o por rendijas del techo cayese sobre nosotros aguanieve, dejaríamos de hablar y oír filosofía, de ocuparnos de filosofía y pasaríamos a ocuparnos de la habitación, y entónces pensaríamos qué es una habitación cuando ya no es una habitación, un aula, un algo que sirve para oír.



Y TODO POR DESOBEDIENCIA...



Las hojas secas
se le cayeron
a Adan y Eva,
y Dios les dijo
poneros otras nuevas.

Es que después de la Transgresión Ancestral,
el tiempo, claro, no se detuvo,
y siguieron pasando las estaciones.

Y al llegar el primer otoño,
naturalmente,
a nuestros primeros padres
se les cayeron las hojas,
ya secas y muertas.

Fue entónces cuándo
se oyó desde el cielo:

Las hojas secas
se le cayeron
a Adan y Eva,
y Dios les dijo
poneros otras nuevas

Pero Adan y Eva desobedecieron
y asi seguimos metidos en el LIO
del que aún no hemos salido
y en el que cada vez estamos más metidos.

Porque hay que hacer saber que Charcot,
en una de sus clases tratando de curar
a una paciente de histeria,
pronunció una frase que influenció
a Freud --presente en la clase--
por toda su vida:

"Mais dans des cas pareils c'est
toujours la chose génitale, 
toujours, toujours, toujours..."

("Pero en tales casos
siempre es la cosa genital, 
siempre, siempre, siempre...")

Si.
Desobedecimos ponernos
otras nuevas.
Y hoy, hojas caídas y secas,
--dejando metafísicas dispersas--
recordé a Erich Fromm:

"El hombre empieza su historia

por el primer acto de libertad,
desobedeciendo una orden;
y en éste mismo momento
adquiere conciencia de si mismo,
de su aislamiento, de su desamparo..."

Y todo por desobediencia

Porque al escuchar:

Las hojas secas
se le cayeron
a Adan y Eva,
y Dios les dijo
poneros otras nuevas....

...seguimos con las viejas puestas
ya secas y muertas...
en éste otoño
desde dónde se presagian
inviernos nucleares 
oscuros de libélulas 
que ya no vuelan...

Y todo por desobediencia.

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