"DER ANFANG WAR DAS ENDE"--EL PRINCIPIO ERA EL FIN

"DER ANFANG WAR DAS ENDE"--EL PRINCIPIO ERA EL FIN
EL CANIBALISMO HIZO AL 'HOMO SAPIENS', Y EL CANIBALISMO, EL ÇAPITALISMO, LO LLEVA A SU FIN.

SPREADING FREEDOM AROUND THE WORLD



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UNO, DOS, TRES, CUATRO, CINCO, SEIS, SIETE, OCHO, NUEVE, DIEZ...

UNO, DOS, TRES, CUATRO, CINCO, SEIS, SIETE, OCHO, NUEVE, DIEZ...
"EL CAPITALISMO NO ES NADA MÁS QUE UNA EMPRESA DE LADRONES COMUNES DISFRAZADA DE 'CIVILIZACION' QUE EXTENDIÓ, IMPERIALÍSTICAMENTE, A ESCALA GLOBAL, UN 'SISTEMA' (ECONÓMICO, POLÍTICO, IDEOLÓGICO Y SOCIAL) PARA LEGALIZAR Y LEGITIMAR CON LEYES UN ROBO MASIVO Y PLANETARIO DEL TRABAJO SOCIAL Y DE LOS RECURSOS NATURALES, ENMASCARADO DE 'ECONOMÍA MUNDIAL' " Manuel Freytas -- "LA SITUACION DEL CAPITALISMO HOY EN DIA NO ES SOLAMENTE UNA CUESTION DE CRISIS ECONOMICAS Y POLITICAS, SINO UNA CATASTROFE DE LA ESENCIA HUMANA QUE CONDENA CADA REFORMA ECONOMICA Y POLITICA A LA FUTILIDAD E INCONDICIONALMENTE DEMANDA UNA REVOLUCION TOTAL" Herbert Marcuse, 1932



"UN SISTEMA ECONÓMICO CRUEL


AL QUE PRONTO HABRÁ

QUE CORTARLE EL CUELLO"

¡ QUÉ GRAN VERDAD !
PORQUE FUÉ ESE MISMO
SISTEMA ECONÓMICO CRUEL,
PRECISAMENTE,
¡ EL QUE LE CORTÓ EL CUELLO A ÉL !


Saturday, December 7, 2019

LECCIONES DE METAFISICA, Lección XIII (Hemos llegado al momento más grave)


LECCION XIII 

"La verdad es la pura coexistencia de un yo con las cosas, de unas cosas ante el yo"

"Yo soy ahora el que ve la pared, y la pared lo visto por mí. En consecuencia, para ser yo el que ahora soy necesito de la pared no menos que ella, para ser lo que es, necesita de mí"


Llegamos a una especie de confluencia hermenéutica que produce un especie de armisticio epistemológico dónde el  idealismo y el realismo, en su aprehensión de la realidad, se hacen interdependientes dialécticos; es decir, se necesitan. Es como si los dos poseyeran las dos llaves con las que hay que abrir la caja para poder ver asi lo que hay dentro de ella. Porque --a grosso modo-- las lecciones nos llevaron al punto --con el idealismo-- en el que el pensamiento suplataba al objeto, a la cosa, para después, con el realismo, pasar adónde la cosa podía existir sin el pensamiento. Pero se vio --obviamente-- que las dos tesis cojeaban cada una por su lado hasta que se las complementaron una con otra hasta concluir con el balance final entre ambas: 

"La verdad es la pura coexistencia de un yo con las cosas, de unas cosas ante el yo"

...........................

Estamos en el momento más grave. 

Vamos a decidir el principio fundamental en el sistema de nuestras convicciones, la verdad primera en el corpus de nuestras verdades. 

Es la verdad raíz y, por tanto, tendrá que ser radical. Radical en cuanto a la universalidad de su contenido: y radical en cuanto a la suficiencia independiente de su verdad. 

La tesis realista que afirma la existencia del mundo de las cosas pareció, en ambas dimensiones, insuficientemente radical. Porque al afirmar la existencia del mundo dejó fuera de él a este pensamiento en que hago tal afirmación. 

Es preciso ahora que la tesis primera se incluya a sí misma. Pero además, la afirmación de la existencia del mundo no es por sí, indubitable. Sólo existe indubitablemente aquello del mundo que está ante mí presente. 

La realidad indubitable no es, pues, la de lo que está ahí, sino la de lo que está ante mí porque está ante mí. 

Supone, pues, la realidad del mundo la realidad mía. Cuando lo afirmo a él me he afirmado ya a mí. Yo tengo que estar presente a la cosa para que la existencia de ésta sea indubitable, o lo que es igual, lo indubitable es no la cosa sino su presencia ante mí.  Esta presencia ante mí de la cosa ha sido llamada pensamiento. 

Por consiguiente, la realidad indubitable y primaria es el pensamiento. 

Nosotros nos preguntábamos si esta nueva tesis, la idealista, es firme, esto es, si en ambas dimensiones antes indicadas es suficientemente radical. Parece, por lo pronto, ser plenamente universal. 

Todo aquello a que yo pueda referirme tendrá que ser un pensamiento mío; si no, si no pienso en ello mal podría referirme a ello. 

Pero además la afirmación de que la realidad es el pensamiento no se deja fuera, como la tesis realista, a este pensamiento en que hago tal afirmación. Esto por lo que hace a la dimensión de universalidad. 

Veamos ahora cómo anda la tesis idealista en punto a indubitabilidad, es decir, a no complicar otra tesis distinta de ella pero de la cual necesita para ser verdad. 

Esto nos obliga a plantear la cuestión de un modo muy preciso a fin de que no haya escape posible. 

Para los efectos de la tesis fundamental hemos entendido por realidad «lo que verdadera e indubitablemente, hay». Según la tesis realista lo que verdaderamente hay es cosas, mundo; esto es, lo que existe en sí y por sí, lo independiente de mí. 

Esto era un error y hemos hecho la corrección idealista: la existencia de algo por completo independiente de mí es esencialmente problemática, cuestionable: no puede, en consecuencia, ser una primera verdad. Sólo es indubitable que lo que hay lo hay en relación conmigo, dependiendo de mí, que lo hay para mí. 

Hasta aquí la tesis idealista parece invulnerable. El ser independiente de mí que el realismo ingenuamente afirma no tiene salvación posible. 

Sólo hay, con verdad indubitable, lo que hay para mí. 

Pero ahora pregunto sin admitir evasión ni subterfugio: qué hay cuando sólo hay lo que hay para mí? 

En este momento hay para mí esa pared. El idealismo dice entonces: por tanto no hay una pared sin más, sino que sólo hay el «ser para mi de una pared» y a este «ser para mí que es algo» lo llamamos pensamiento. 

Hay, se concluye, sólo pensamiento, un sujeto que piensa la pared, un sujeto para el cual hay pared. No hay cosas, hay sólo la conciencia o pensamiento de las cosas. 

Al llegar aquí tenemos que seguir impertérritos obligando al idealista para que precise más su tesis. 

Por eso le preguntamos: qué hay en el universo cuando sólo hay conciencia, pensamiento? 

Y él nos responde: hay un sujeto que piensa o se da cuenta y que no consiste sino en eso: hay este darse cuenta de algo o tener conciencia de algo o pensar, y propiamente no hay nada más. 

Porque el algo del que se da cuenta, de que tiene conciencia o piensa – por ejemplo, la pared – no la hay verdaderamente, sino que es algo interior al pensamiento y que sólo en éste y por éste es algo. 

Tanto vale, pues, decir, que sólo hay pensamiento o conciencia como decir que no hay cosas, puesto que haberlas significa ahora haber el pensamiento de ellas. Esto es el auténtico idealismo. 

El idealismo se ha nutrido siempre con el ejemplo de la alucinación que le es el más favorable. 

Analicemos, pues, la alucinación. 

Supongamos que cuantos estamos aquí padecemos súbitamente una: de pronto vemos que entra aquí un toro furioso. Yo pregunto, qué es lo que hay en el Universo mientras estamos en la alucinación? 

Hay un toro furioso: lo hay indubitablemente y hay nosotros aterrados ante él. Tanto hay lo uno – el sujeto – como la cosa – el toro – y no hay más lo uno que lo otro. 

Pero he aquí que luego, por los motivos que fuere, pensamos que se trataba de una alucinación. 

Hemos salido del instante anterior en que veíamos un toro. Estamos en un segundo instante en que vemos lo acontecido anteriormente como un pensamiento alucinado.  Qué hay en el Universo mientras estamos en este segundo instante? Hay nosotros – el sujeto – y hay la alucinación anterior bien que como un pasado, pero como un pasado real, efectivo, como una realidad que hubo, pero que la hubo absolutamente; lo que no hay ya ni hubo es toro. 

Desde este segundo instante anulamos, borramos a este [toro] por irreal, a éste que antes era una absoluta realidad. Ahora la realidad absoluta, además de nosotros, es un pensamiento alucinado pretérito; esto es lo que hay. 

Pero yo pregunto: Qué sentido tiene este efecto retroactivo, sobre el instante primero, de lo resuelto en el instante segundo? 

Porque yo, desde mi convicción actual, al calificar lo anterior como una mera alucinación no anulo la situación del Universo, de la realidad que antes hubo. 

El toro estaba ante mí, había absolutamente un toro, ni más ni menos que ahora hay ante mí absolutamente sólo una alucinación, un pensamiento. 

He pasado por dos convicciones sucesivas, pero que en cuanto convicciones son idénticas: a ambas les acontece lo que es inexorable en toda convicción, a saber, que su término, aquello de que estamos convencidos es absolutamente, lo hay indubitablemente. 

Quién me asegura que no es ahora, al estar convencido de que padecí una alucinación cuando efectivamente la padezco? 

Mientras la alucinación – o pensamiento – se ejecuta no existe para mí. Y como la tesis idealista consiste precisamente en afirmar que sólo hay lo que hay para mi: el pensamiento que pienso, no lo hay, puesto que mientras lo pienso no existe para mi.  Es preciso que deje de ejecutarlo, esto es, de estarlo pensando y desde otro nuevo lo convierta en objeto para mi. 

Pero se dirá que al recordar ahora ese pensamiento anterior y ser éste objeto para mí, existe para mí, al fin y al cabo. En modo alguno, y la prueba de ello es que el Universo ha cambiado de antes a ahora.

Antes, cuando ejecutaba mi primer pensamiento, había en el Universo absolutamente un toro furioso aquí. Ahora ya no lo hay, sino sólo un pensamiento de toro furioso; el pensamiento de toro no es cornúpeto. Ahora hay sólo ante mí «alguien» – mi yo antes – que cree ver un toro. No es posible que este «pensamiento-objeto» y aquel «pensamiento-en-ejecución» sean lo mismo, puesto que sus resultados de [es decir, en cuanto] realidad son tan distintos. 

Sólo serían el mismo si yo ahora al describir la situación anterior la tomase según entonces se daba y dijese: antes he visto realmente un realísimo toro. 

Pero entonces no habría idealismo, no sería verdad que hay sólo pensamiento. 

--Es preciso, pues, distinguir entre el ser ejecutivo del pensamiento o conciencia, y su ser objetivo. 

--El pensamiento como ejecutividad, como algo ejecutándose y mientras se ejecuta, no es objeto para sí, no existe para sí, no lo hay. 

--Por eso, es incongruente llamarlo pensamiento. Para que haya un pensamiento es menester que se haya ejecutado ya y que yo desde fuera de él lo contemple, me lo haga objeto. 

Entonces yo puedo no adherirme a la convicción de lo que él fue para mí, no reconocer su vigencia y decir «era una alucinación» o, más en general, lo pensado en el pensamiento era interior a él y no realidad efectiva. Esto es lo que se llama pensamiento, según oímos antes. 

Recuerden que decíamos: Cuando sólo hay pensamiento no hay efectivamente lo que en él hay pensado. Cuando sólo hay mi ver esa pared, no hay pared. 

--Pensamiento es, pues, una convicción no vigente: porque no se ejecuta ya, sino que desde fuera de ella se la mira. Pensamiento es, pues, un aspecto objetivo que toma la convicción cuando ya no convence. 

Pero es el caso que ese aspecto lo adopta ahora, es decir, que es mi nueva convicción, la que ahora ejecuto, la que es vigente. Vigente es sólo la convicción actual, actuante, la que aún no existe para mí y, por tanto, no es pensamiento sino absoluta posición. 

--Por tanto, la tesis idealista que afirma la realidad exclusiva del pensamiento complica otra realidad distinta del pensamiento, que es la convicción desde la cual hago aquella afirmación y dentro de la cual aquella afirmación tiene vigencia

Dicho de otra forma: para que la tesis idealista, como cualquiera otra, sea verdad, es menester que se reconozca vigencia a la convicción en que ejecutamos esa tesis; esto es, que lo que esa convicción cree que hay absolutamente, lo pongamos como absoluta realidad. 

--Pero esto equivale a decir que sólo hay realidad cuando no existe para nosotros el acto en que la pensamos, cuando no es nuestro objeto sino que lo ejecutamos o lo somos. De modo que la condición bajo la cual es firme una tesis excluye precisamente la firmeza o verdad de la tesis idealista. 

--Esto nos hace caer en la cuenta de que el idealismo al pretender fijar qué es lo que verdaderamente hay comete, bien que en otra dirección, el mismo error que el realismo. 

El error del realismo consistía en que al determinar qué es lo que hay no tomaba lo que hay tal y como lo hay, en su estricta pureza, sino que subrepticiamente hacia una hipótesis, a saber: al afirmar que lo que hay son las cosas en sí y por sí, venía a decir esto: esa pared que veo y que, por tanto, existe ahora ante mi y me es presente, la habrá también cuando no exista ante mi y no me sea presente; en suma, seguirá existiendo. 

No es esto último un añadido hipotético y nada evidente? Es indubitablemente evidente que esa pared existe mientras me es presente, pero no lo es que siga existiendo. 

Lo que evidentemente hay es, pues, la pared ante mí; por tanto yo y la pared igualmente reales uno y otra. 

--Yo soy ahora el que ve la pared, y la pared lo visto por mí. En consecuencia, para ser yo el que ahora soy necesito de la pared no menos que ella, para ser lo que es, necesita de mí. 

(Es decir, "para ser lo que es, --la pared-- necesita de mi" ¿Será como en la mecánica cuántica que los hechos observados depende del observador? "La pared necesita de mi")

--La realidad --ahora-- no es la existencia de la pared sola y por sí – como quería el realismo –, pero tampoco es la de la pared en mí como pensamiento mío, mi existencia sola y por mí. 

--La realidad es la coexistencia mía con la cosa. Esto, fíjense bien, no se permite negar que la pared puede existir además sola y por sí. Se limita a declarar que tal ultra-existencia más allá de su coexistir conmigo es dudosa, problemática. 

Pero el idealismo afirma que la pared no es sino un pensamiento mío, que sólo la hay en mi, que sólo yo existo. Esto es ya añadido hipotético, problemático, arbitrario. 

La idea misma de pensamiento o de conciencia es una hipótesis, no un concepto formado ateniéndose pulcramente a lo que hay tal y como lo hay. 

--La verdad es la pura coexistencia de un yo con las cosas, de unas cosas ante el yo. 

PADRE NUESTRO QUE ESTAS EN LOS CIELOS



Richard Dawkins y una media ala


https://es.sott.net/article/69804-Richard-Dawkins-y-una-media-ala
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"Richard Dawkins (...) en su altamente delirante libro The God Delusion", 'El Espejismo de Dios'

Aqui no vamos a tratar sobre la ridícula media ala o ala entera. Lo que si queremos aclarar, y, de una vez por todas, es algo axiomático y tautalógico: que "dios no inventó al hombre, fue el hombre el que inventó a dios". 


FUERON LOS MIEDOS DEL HOMBRE, LA MEDIA ALA DEL HOMBRE, LA QUE CREÓ A DIOS PARA PODER VOLAR --inúltimente-- AFUERA DE ESOS MIEDOS Y CANGUELOS sin los cúales sería difícil mantener a flote un civilización basada en la explotación del hombre por el hombre --y de la Naturaleza-- dónde se nos hacen subir los ojos al padre celestial para tratar de encontrar el consuelo que aquí abajo en la tierra no hallamos. 

En éste sentido, Dios no es sólo un Espejismo, es el anamorfismo que produce ese Espejo Curvo que usamos para no mirar Directamente la Realidad, esa trágica realidad humana --sociológica, económica, ontológica y metafísica-- que, con nuestra Media Ala --ya sin plumas-- nos negamos a enfrentar. 


Sigmund Freud, en 'EL PORVENIR DE UNA ILUSION', lo dejó muy claro: Freud consideraba a Dios como una ilusión basada en la necesidad infantil de una figura paterna poderosa que, programada socialmente como religión, ayudara a frenar los impulsos violentos incompatibles con el desarrollo de la civilización  ('El Malestar de la Cultura', también obra clave de Freud). 

Varios pensadores también combinaban esa interpretación freudina sobre semejante empírico azimut.  K. Marx veía Dios como un mundo socio-económico al revés con Dios como nivelador del mismo.  Nietzsche, Dios como una debilitación de los instintios.  Feuerbach, como proyección de la debilidad del espíritu humano. 

Asi que no es de extrañar que Dawkins, siguiendo la poderosa tradición cultural de éstos ígneos pensadores, y, a pesar de su Media Ala, también calificara a Dios como un Delirio. 


De-lirio, de-rosas o de-claveles, la cuestión es que, sea la flor que sea, en medio de un torrencial de ILUSIONES sin base y sin futuro, la Verdad nos exige que miremos Directamente a la Realidad. 

La existencia es demasiado corta como para que entremos en la ETERNIDAD con tal equipaje de falacias.

LECCIONES DE METAFISICA, Lección XII


LECCION XII 

"Para que la realidad 'pared' se convierta en pensamiento tiene, pues, que dejar de ser pared. Y, si en vez de la pared, tomamos un ejemplo más amplio, el «afuera» en que la pared está, el espacio, tendremos: que al ser el espacio pensamiento deja él de ser espacial y un afuera, para convertirse en inespacial y un dentro de mí"

"El idealismo, claro está, no ignora esta dificultad; es más, se hace cargo de que así como la dificultad específica del realismo era poder estar seguros de que las cosas son en sí tal y como nos aparecen, es decir, como son en nuestro pensamiento, a su vez, la dificultad especifica del idealismo consiste en aclararnos cómo no siendo la realidad sino pensamiento inespacial, no obstante, hay cosas espaciales, cuerpo, mundo externo" 

Partimos a la conquista de una seguridad radical que necesitamos porque, precisamente, lo que por lo pronto somos, aquello que nos es dado al sernos dada la vida, es radical inseguridad. 

Necesitamos hacer pie, hallar algo firme entre lo que hay y nos preguntamos qué es lo que verdaderamente hay, cuál es la realidad. 

Y hacemos una primera tesis: la realidad son las cosas y su conjunto o mundo real. Lo peculiar de las cosas, lo que nos invita a formular esta tesis que afirma ser ellas la realidad radical, consiste en que están ahí en sí y por sí. 

El mundo de las cosas es todo lo que hay. Yo soy una de esas cosas. Yo estoy ahí, entre ellas, soy un pedazo del mundo. 

Tal es la tesis realista, la más obvia y primera en el tiempo de la historia humana y en cada hombre, sea cual sea la época en que vive. 

Sería interesante dibujar la estructura que da a la vida, hallarse en esta convicción que hace de ella, de mí y de mi vida una cosa que está en el mundo, o lo que es igual, que ser hombre y vivir es ser mundo. 

Nuestras lecciones anteriores, sin yo desearlo, nos han enseñado demasiado, nos han hecho ver que cualquiera que sea la tesis verídica, definitiva sobre la realidad radical que buscamos, nuestra vida no es mundo. 

Porque hemos visto que vivir es estar yo en la circunstancia o mundo como en un elemento ajeno a mí. 

El mundo es, pues, sólo un término de mi vida, pero yo no soy mundo, ni mi vida es cosa de, este mundo. 

Precisamente porque no lo es, mi vida no está ahí – como está la piedra, el árbol y el astro–, sino que tengo que hacérmela y me es pura tarea y puro problema. 

Pero ahora tenemos que olvidar esto. Por una razón: hasta aquí no hemos hecho – ¡fíjense bien! – más que describir el fenómeno que designa la palabra vida, pero no hemos dicho una sola palabra formal sobre el grado de realidad que corresponda a ese fenómeno. 

Fenómeno es todo lo que hay y hallo. Hallo la piedra, hallo esta habitación, hallo los centauros que imagino, hallo triángulos geométricos y hallo, ni más ni menos que todo esto, eso que llamo mi vida. 

Como lo característico de este fenómeno, una vez que caigo en la cuenta de él, es que mi vida me parece ser como el ámbito donde todo lo demás, se da – donde lo hallo o lo hay –, les he dicho alguna vez: noten ustedes que esta realidad que llamamos nuestra vida parece incluir todas las demás. 

Pero no hemos dicho más; no hemos formalizado este mero parecernos, y ello porque no nos habíamos planteado hasta ahora la pregunta taxativa y perentoria: cuál es la realidad radical? 

Hasta aquí hablábamos sólo de la vida. Pero ahora, al hacernos esta pregunta, hablamos ya de todo cuanto hay y frente a ello nos preguntamos formalmente, con ánimo de llegar a una decisión, qué de todo lo que hay es la realidad, se entiende la radical? 

Hasta aquí todo ha sido preparación y nada más; preparación para iniciar el sistema de nuestras convicciones o la verdad. Ahora, en cambio, buscamos una primera verdad, la más importante, la básica, de la cual van a depender todas las demás. 

Y nos hemos propuesto a nosotros como primera verdad la tesis realista. Es tan obvia esta tesis, tan natural, que ella ha acuñado para siempre nuestro vocabulario. Cuando queremos decir de algo que verdaderamente lo hay, que es el prototipo del ser, lo llamamos realidad. 

Ahora bien, esta palabra no significa propiamente sino el modo peculiar de ser las cosas, la res, lo exterior, corporal. 

Sin embargo, hoy mismo la usamos para designar inclusive lo que no es res, exterior ni corporal. El que sostiene que la realidad radical es el espíritu que usa el vocablo sin acordarse de que el modo de ser del espíritu es muy distinto del modo de ser una res, una piedra, por ejemplo. 

Conste, pues, que en esta palabra van fundidos y confundidos dos significados diferentes: uno, el carácter de lo que última y definitivamente existe; otro, el modo de ser peculiar de las cosas externas. 

Hecha esta advertencia podemos volver a nuestra tesis inicial: la realidad son las cosas y su conjunto o mundo. 

Son realidad las cosas porque están ahí en sí y por sí, puestas por sí mismas, sosteniéndose a sí mismas en la existencia. 

Como esta es la única forma auténtica de ser que esa tesis afirma, todo en la medida en que es realidad tendrá que ser así. Por ejemplo: el hombre, yo. Mi realidad consiste también en ser una cosa entre las cosas, como la piedra, como la planta. El hombre, pues, vive en esta tesis interpretándose a sí mismo como cosa del mundo exterior, o lo que es igual, se pone desde luego entre las cosas, diríamos en el paisaje. 

Ya entenderán lo que esto significa. Baste ahora con traer a la mente cómo vemos nosotros, aun hoy, al animal. El mono, colgando del árbol en la selva, pertenece a ésta, tiene un modo de ser últimamente idéntico al del árbol donde habita. Veamos ahora si esta tesis es firme. Siendo primera necesita – varias veces lo hemos dicho – afirmarse a sí misma, no fundar su verdad en la verdad de otra, o lo que es igual, ser indubitable; y además, necesita no complicar ninguna otra tan primitiva, tan primera como ella. 

Dos tesis primeras es una contradicción. Ahora bien, es indubitable que el mundo de las cosas, está ahí en sí y por sí – por tanto – como única realidad, ¿independiente de toda otra? 

Si yo no viese las cosas, no las tocase, no pensase que están ahí, ¿estarían ahí en efecto las cosas? 

¿Si haciendo un experimento mental yo me resto del mundo, queda el mundo, queda la realidad, «mundo»? 

Por lo menos es dudoso: la realidad del mundo (¿para mi?) sólo resulta indubitable cuando además de él, estoy yo viéndolo, tocándolo, y pensando que está ahí. 

Depende, pues, la seguridad de su realidad, de mi realidad. Esta, la existencia, la realidad de un sujeto que piensa la realidad del mundo, es lo que asegura con carácter indubitable esa realidad de éste. 

Pero entonces el mundo no es real por sí y en sí, sino en mí y por mí. 

Es real en tanto que mi pensamiento lo pone, lo piensa como real. Mas ello revela que la realidad radical no es la suya sino la mía.

La realidad de una cosa, no puede, en consecuencia, 
ser radical, esto es, única, puesto que para que sea segura la realidad de algo es precisa, con forzosidad antecedente, la realidad de alguien que, lo piense. En suma: la tesis que afirma la realidad del mundo supone la tesis que afirma la realidad del pensamiento. 

Pero ésta anula aquélla --la tesis idealista anula a la realista--. Del mundo no ha quedado como últimamente real más que una cosa: el pensamiento; y hemos pasado a la segunda posición del hombre en la historia, la posición idealista. 

Dije antes que sería de gran interés delinear la estructura que da a la vida la convicción realista, esto es, creer que no hay más realidad que el mundo, y que la vida, en consecuencia, es una cosa entre las cosas. 

En rigor, y aunque parezca mentira, ese dibujo de la vida realista no se ha hecho nunca a fondo. 

En Husserl se describe sólo en su punto de partida, lo que él llama la «tesis natural», pero no intenta siquiera describir las consecuencias de esa tesis para la estructura de la vida, esto es, cómo vive el hombre cuando vive inspirado por esa tesis, en la convicción de esa tesis. Parejamente habría que hacer con el idealismo. 

Qué figura da a nuestra vida la convicción fundamental de que la realidad última es el pensamiento del hombre? 

El interés del asunto salta a la vista con sólo contraponer esto a lo anterior, la vida idealista a la vida realista. 

Pero no podemos intentar el cuadro ni de aquélla ni de ésta. Nos llevaría varias lecciones. Piensen ustedes sólo en la inversión radical que el tránsito de la una a la otra interpretación de la vida representa. 

En el realismo vivir es encontrarse desde luego en lo seguro, en la tierra firme del mundo, porque el mundo del realismo es el de las cosas que están ya ahí en sí y por sí. 

El realista – noten bien esto – tiene desde luego mundo, puesto que parte de creer que éste se halla sin más. Pero necesitará ir averiguando en su detalle cómo es ese mundo, las leyes de su conducta o ser. Pero sabe de antemano que hay en él esas leyes, que tiene un ser. 

En cambio, el idealista se encuentra con que le han quitado lo seguro, el mundo de debajo de los pies: se ha quedado sólo el sujeto como única realidad. No hay, verdaderamente, más que sus pensamientos. No puede, en consecuencia, apoyarse en nada porque no hay nada fuera de él. Tiene que sostenerse a sí mismo y como el Barón de la Castaña, tiene que salir del pozo tirándose a sí mismo de las orejas. 

Este hombre --el idealista-- tiene, en absoluto, que hacerse el mundo en que va a vivir; más aún, vivir se convierte para él en construir un mundo puesto que no lo hay; diríamos, tiene que sacarse el mundo de la cabeza, en vez de aprender lo que el mundo es adaptándose al que está ya ahí, como hace el realista. Para éste, vivir será conformarse al mundo, por tanto, conformarse con el Mundo. Realismo es conformismo. Mas para el idealista la cuestión estará en crear un mundo según las ideas, según nuestros pensamientos. No cabe conformarse con lo que hay porque lo que hay no es realidad: es preciso hacer que lo que hay – las presuntas cosas – se adapten a nuestras ideas que son la auténtica realidad. Ahora bien, éste es el espíritu anti-conformista, el espíritu revolucionario. El idealismo es por esencia revolucionario. 

Baste esto, repito, como elemental sugestión sobre la contrapuesta estructura que proporcionan a la vida una y otra tesis radical. 

("Para el idealista la cuestión estará en crear un mundo según las ideas, según nuestros pensamientos...éste es el espíritu anti-conformista, el espíritu revolucionario. El idealismo es por esencia revolucionario"   ¿Pero un espíritu revolucionario no tiene que tener en cuenta la realidad, como aprehenderla, entenderla en su objetividad operativa, para poderla cambiar, para que ese espíritu revolucionario pueda cambiarla, o como  decia Marx de la filosofia que basta ya de interpretar lo que hay que hacer es cambiar? En síntesis: el idealista tiene que ser realista en la misma proporcion que se necesita la viceversa  Es como una disuelta y complementaria 'coincidentia oppositorum'.  Pero no nos anticipemos porque más tarde Ortega tratará este 'nudo' en términos metafísicos)

Pero ahora necesitamos habérnoslas con la tesis idealista. Afirmar que la realidad radical son las cosas era un error porque la realidad de las cosas sólo es segura mientras un sujeto pensante asiste a ella. 

Por tanto, no es posible que existan sólo cosas; si sólo cosas existiesen no podríamos estar seguros de nada, esto es, no sería segura la existencia, la realidad de nada. 

Sólo en tanto en cuanto son pensadas por mí las cosas, me es seguro que las hay, pero, entonces, lo seguro no tanto es ellas como mi pensamiento de ellas. La realidad de las cosas, pues, complica la realidad del pensamiento. 

Veamos ahora si esta nueva tesis idealista es suficiente o si, por ventura, complica también otra aún más radical y firme que ella. 

No parece que sea así. Que exista esa pared que veo cuando no la veo, es dudoso. Pero es indudable que existe, que es real para mi al verlaPuestas en sí y por sí las cosas son problemáticas. En cambio son firmes puestas como pensamientos míos, por tanto, puestas por el pensamiento. No están ahí, sino que están en mí, en un yo que piensa. 

El pensamiento sería, pues, la materia de que todo está hecho, sería la realidad radical, la única. 


Y como cualquier otro algo que pudiera haber, para ser habido tiene que ser pensado, queda de antemano incluido en la tesis que se nos presenta como invulnerable, ya que no parece complicar ninguna otra tesis que no vaya desde luego incluida en ella. 

("Para ser habido tiene que ser pensado". ¿Quiere decir esto que si no se las piensa no las hay --para el sujeto pensante, claro--?  ¿Crea el pensamiento a la  realidad o ésta a aquel, o, al menos, que LOS DOS (realismo e idealismo) trabajan en equipo PARA IRSE MODIFICANDO Y SOSTENIENDOSE MUTUAMENTE?  Entónces, antes de la aparición del pensamiento, ¿existían las cosas?  ¿O es que las cosas --la materia--crean el pensamiento para ser reconocidas por él?)

Las objeciones contra la tesis realista se resumen en una: que al hacer ella una afirmación universal sobre la realidad, al trazar el círculo o ámbito máximo de lo que verdaderamente hay, se deja fuera a sí misma.

Lo real son las cosas, afirma, pero eso es por lo pronto un pensamiento mío y mientras pienso la exclusiva realidad de las cosas estoy de hecho añadiendo una realidad distinta: la del pensamiento en que lo pienso. 

La tesis idealista no tiene este inconveniente, no se deja fuera a sí misma. La afirmación de que la realidad es el pensamiento se incluye a sí misma, porque ella es un pensamiento. 

Así, la tesis idealista ha practicado instantáneamente un escamoteo y una transmutación tan formidables como sorprendentes. 

Las cosas, todas las cosas – esta mesa, esa pared, la montaña allá lejos, el astro – han quedado mágicamente convertidos en pensamientos. 

Conviene, pues, que nos hagamos bien cargo de qué es eso que llamamos pensamiento. 

Pensamiento es ver, oír, imaginar, tener conceptos. Todas estas son formas del pensamiento. Y lo que todas ellas tienen de común es que en ellas un sujeto se da cuenta de un objeto, tiene conciencia de algo o hay algo para él. 

Ahora bien, los atributos de una cosa no son los mismos que los del darse cuenta de esa cosa, o de la conciencia de esa cosa. Así: esa pared es blanca y extensa, tiene cinco o seis metros. Pero mi conciencia o pensamiento de esa pared ni es blanca ni es extensa. 

¿Se advierte la dificultad radical que esto plantea al idealismo? 

Cuando éste me dice que la realidad de una cosa, la firme, la segura, es que yo la pienso y que, por tanto, las cosas son pensamientos míos, nos encontramos por lo pronto con que no sabemos lo que quiere decir. 

Porque la pared es blanca y de seis metros, pero el pensamiento de pared, mi ver la pared o tener conciencia de ella no es blanco ni de un milímetro

Para que la realidad pared se convierta en pensamiento tiene, pues, que dejar de ser pared. Y, si en vez de la pared, tomamos un ejemplo más amplio, el «afuera» en que la pared está, el espacio, tendremos: que al ser el espacio pensamiento deja él de ser espacial y un afuera, para convertirse en inespacial y un dentro de mí. 

El idealismo, claro está, no ignora esta dificultad; es más, se hace cargo de que así como la dificultad específica del realismo era poder estar seguros de que las cosas son en sí tal y como nos aparecen, es decir, como son en nuestro pensamiento, a su vez, la dificultad especifica del idealismo consiste en aclararnos cómo no siendo la realidad sino pensamiento inespacial, no obstante, hay cosas espaciales, cuerpo, mundo externo. 

A nosotros nos importa reparar en que nuestra mente, según la propia tesis idealista se encuentra en dos situaciones distintas. 

Cuando yo veo la pared y en tanto que la veo sólo existe ante mí la pared como tal pared, blanca y de seis metros. En ese instante la fórmula que expresaría con rigor lo que hay sería la realista: hay una cosa independiente de mí que es esa pared. Esta sería la expresión rigurosa porque en cuanto estoy viendo la pared no hay pensamiento para mí, no hay [mi] ver la pared. 

Mi ver la pared o pensamiento sólo aparece y lo hay cuando yo abandono a la pared, dejo de verla y en un nuevo acto mental me doy cuenta de que he ejecutado, en el instante inmediatamente anterior, una visión o pensamiento de pared. 

Sólo ahora tengo derecho a decir que hay pensamiento, pero, en cambio, ahora, cuando advierto que lo que hay es conciencia o pensamiento de pared, ya no hay pared. 

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