LECCION XIII
"La verdad es la pura coexistencia de un yo con las cosas, de unas cosas ante el yo"
"Yo soy ahora el que ve la pared, y la pared, lo visto por mí. En consecuencia, para ser yo el que ahora soy necesito de la pared no menos que ella, para ser lo que es, necesita de mí"
Llegamos a una especie de confluencia hermenéutica que produce un especie de armisticio epistemológico dónde el idealismo y el realismo, en su aprehensión de la realidad, se hacen interdependientes dialécticos; es decir, se necesitan. Es como si los dos poseyeran las dos llaves con las que hay que abrir la caja para poder ver asi lo que hay dentro de ella. Porque --a grosso modo-- las lecciones nos llevaron al punto --con el idealismo-- en el que el pensamiento suplataba al objeto, a la cosa, para después, con el realismo, pasar adónde la cosa podía existir sin el pensamiento. Pero se vio --obviamente-- que las dos tesis cojeaban cada una por su lado hasta que se las complementaron una con otra hasta concluir con el balance final entre ambas:
Estamos en el momento más grave.
Vamos a decidir el principio fundamental en el sistema de nuestras convicciones, la verdad primera en el corpus de nuestras verdades.
Es preciso ahora que la tesis primera se incluya a sí misma. Pero además, la afirmación de la existencia del mundo no es por sí, indubitable. Sólo existe indubitablemente aquello del mundo que está ante mí presente.
Por consiguiente, la realidad indubitable y primaria es el pensamiento.
Todo aquello a que yo pueda referirme tendrá que ser un pensamiento mío; si no, si no pienso en ello mal podría referirme a ello.
Esto nos obliga a plantear la cuestión de un modo muy preciso a fin de que no haya escape posible.
Analicemos, pues, la alucinación.
Supongamos que cuantos estamos aquí padecemos súbitamente una: de pronto vemos que entra aquí un toro furioso. Yo pregunto, qué es lo que hay en el Universo mientras estamos en la alucinación?
Hay un toro furioso: lo hay indubitablemente y hay nosotros aterrados ante él. Tanto hay lo uno – el sujeto – como la cosa – el toro – y no hay más lo uno que lo otro.
Pero he aquí que luego, por los motivos que fuere, pensamos que se trataba de una alucinación.
Pero yo pregunto: Qué sentido tiene este efecto retroactivo, sobre el instante primero, de lo resuelto en el instante segundo?
Porque yo, desde mi convicción actual, al calificar lo anterior como una mera alucinación no anulo la situación del Universo, de la realidad que antes hubo.
El toro estaba ante mí, había absolutamente un toro, ni más ni menos que ahora hay ante mí absolutamente sólo una alucinación, un pensamiento.
Pero se dirá que al recordar ahora ese pensamiento anterior y ser éste objeto para mí, existe para mí, al fin y al cabo. En modo alguno, y la prueba de ello es que el Universo ha cambiado de antes a ahora.
Entonces yo puedo no adherirme a la convicción de lo que él fue para mí, no reconocer su vigencia y decir «era una alucinación» o, más en general, lo pensado en el pensamiento era interior a él y no realidad efectiva. Esto es lo que se llama pensamiento, según oímos antes.
Recuerden que decíamos: Cuando sólo hay pensamiento no hay efectivamente lo que en él hay pensado. Cuando sólo hay mi ver esa pared, no hay pared.
--Pensamiento es, pues, una convicción no vigente: porque no se ejecuta ya, sino que desde fuera de ella se la mira. Pensamiento es, pues, un aspecto objetivo que toma la convicción cuando ya no convence.
Pero es el caso que ese aspecto lo adopta ahora, es decir, que es mi nueva convicción, la que ahora ejecuto, la que es vigente. Vigente es sólo la convicción actual, actuante, la que aún no existe para mí y, por tanto, no es pensamiento sino absoluta posición.
Dicho de otra forma: para que la tesis idealista, como cualquiera otra, sea verdad, es menester que se reconozca vigencia a la convicción en que ejecutamos esa tesis; esto es, que lo que esa convicción cree que hay absolutamente, lo pongamos como absoluta realidad.
--Esto nos hace caer en la cuenta de que el idealismo al pretender fijar qué es lo que verdaderamente hay comete, bien que en otra dirección, el mismo error que el realismo.
El error del realismo consistía en que al determinar qué es lo que hay no tomaba lo que hay tal y como lo hay, en su estricta pureza, sino que subrepticiamente hacia una hipótesis, a saber: al afirmar que lo que hay son las cosas en sí y por sí, venía a decir esto: esa pared que veo y que, por tanto, existe ahora ante mi y me es presente, la habrá también cuando no exista ante mi y no me sea presente; en suma, seguirá existiendo.
No es esto último un añadido hipotético y nada evidente? Es indubitablemente evidente que esa pared existe mientras me es presente, pero no lo es que siga existiendo.
Lo que evidentemente hay es, pues, la pared ante mí; por tanto yo y la pared igualmente reales uno y otra.
--Yo soy ahora el que ve la pared, y la pared lo visto por mí. En consecuencia, para ser yo el que ahora soy necesito de la pared no menos que ella, para ser lo que es, necesita de mí.
(Es decir, "para ser lo que es, --la pared-- necesita de mi" ¿Será como en la mecánica cuántica que los hechos observados depende del observador? "La pared necesita de mi")
--La realidad --ahora-- no es la existencia de la pared sola y por sí – como quería el realismo –, pero tampoco es la de la pared en mí como pensamiento mío, mi existencia sola y por mí.
--La realidad es la coexistencia mía con la cosa. Esto, fíjense bien, no se permite negar que la pared puede existir además sola y por sí. Se limita a declarar que tal ultra-existencia más allá de su coexistir conmigo es dudosa, problemática.
Pero el idealismo afirma que la pared no es sino un pensamiento mío, que sólo la hay en mi, que sólo yo existo. Esto es ya añadido hipotético, problemático, arbitrario.
La idea misma de pensamiento o de conciencia es una hipótesis, no un concepto formado ateniéndose pulcramente a lo que hay tal y como lo hay.
--La verdad es la pura coexistencia de un yo con las cosas, de unas cosas ante el yo.

