Saturday, February 8, 2020

¿ES EL HOMBRE UN HIPO O UN ERUCTO?


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Va uno...y va,
de la sombra al sueño,
del sueño al sollozo,
del sollozo al zumbido...
¡Todo es como un zumbido!
-¿Cómo un zumbido?-
-A mi me pareció
que el mundo era un zumbido...
y el hombre un hipo-
-¿Un hipo?
...¿Sólo un hipo es el hombre?-
-Un hipo en la noche 
me pareció a mi...
Al final yo no oí más que un hipo-

                         León Felipe

Nosotros no estamos muy de acuerdo 
con el poeta español que murió en el exilio.
Tenemos diferente opinión.
Porque nosotros creemos 
que el hombre es un eructo, no un hipo,
aúnque ambas visiones se ensamblan
en nuestra misma esencia corporal
porque las dos forman parte
de nuestro incontrolable 
funcionamiento metabólico:
el hipo es una contracción involuntaria
y repetitiva del diafragma
y el eructo es la involuntaria
liberación del gas del tracto digestivo.
Ramas del mismo árbol
que llevamos sembrado
desde que somos homínidos.

En lo que si estamos 

total-mente de acuerdo
es que vamos  
de la sombra al sueño,
del sueño al sollozo,
del sollozo al zumbido
¡Y que zumbido!

Que zumbido, que zumbidazo

produce hoy en día el mundo...!

Que ruído, que matraca,

que barullo, que bombardeo...
y todo tan rápido,
tan seguido, tan contínuo...

Por eso quedamos extaxiados

y en nirva nostálgico y sentimental
al oír al Cigala con su Soledad...

Bendita Soledad!
No zumbidos.
No hipos.
No eructos
que nos puedan molestar...

SIN PUERTAS

Sin puertas, en aquella extraña casa me decidí a entrar. Quizás entrase por una ventana, o tal vez entré por algún boquete o un lugar derruído en aquella edificación que resemblaba esas viviendas abandonadas y fatasmagóricas de las cúales huímos presintiéndo lo misterioso y desconocido.

Lo que si recuerdo es que dentro de la casa no habían puertas. Por eso le pusimos el nombre de Sin Puertas. De todas formas a mi nunca me han gustado las puertas, por eso me  sentía tan bien cuándo lograba entrar en ella. 

Porque las puertas son pestañas que un día, al desvanecerse la luz, se cerraron sobre los ojos que dejaron atrás los dos ángeles que, con espadas de fuego, nos cierran el paso al árbol de la vida. Y éste fue el castigo: todo tiene puertas. Unas se abren hacia adentro, otras hacia afuera. Unas estan tabicadas a cal y canto y otras estan entreabiertas. Unas giran sobre goznes. Otras sobre sueños y velas. Unas las empujan las brisas. Otras las tormenta. Y éste fue el castigo: que todo tiene puertas, ésta fue la sentencia. 

Todo ésto iba pensando en aquella casa de ausencias, cuándo escucho una voz como si de otro mundo viniera:  --Eh, quíen anda ahi?-- Me asusté. No estaba sólo. Había alguíen allí. Tuve que afinar mis cuerdas vocales antes de contestar temblorosamente: --Soy yo-- 

Me pareció que no era mi voz. Sentí que había hablado otro por mi. --Ven, acercate--, retumbó de nuevo la voz. Andé unos metros, y a la izquierda, en un cuarto con viejos muebles, sentado en un alto sillón, había un hombre viejo como en una alucinante aparición. Tuve miedo. Quise dar la vuelta y salir corriendo. Pero la voz grave y persuasiva del viejo me clavó al suelo. Quedé mudo. --Acercate. Siéntate. Hace frío. Ven-- Nos miramos  por unos segundos. 

Su mansedumbre aplacó mi colapsado estado de ánimos. Estaba paralizado. --Yo también le llamo a ésta casa Sin Puertas. Por eso nos hemos encontrado aquí. Seguro que a ti te pasa lo mismo-- 

Sólo pude asentir con la cabeza. No podía pensar. Sólo aguantar el momento. Sea quíen fuera aquel anciano había un fulgor en sus ojos, en su rostro, que me insuflaba confianza. ¿Cómo sabia él que yo llamaba a aquella desolada vivienda Sin Puertas? 

Fuí a preguntarselo, pero él se antepuso a mis palabras con un gesto de disculpa --¿Sabes por qué ésta casa no tiene puertas?-- Lo miré incrédulo y con una curiosidad que ya empezaba a sobrepasar mis temores. Y ahora si pude hablar: --¿Por qué?--, dije como si mis sílabas taladrasen un misterioso espacio que me acercaba al viejo. 

Hizo una pausa como si quisiera dejarme adivinar lo que iba a decirme, y dijo suavemente: --Porque las puertas nos cierran el paso y nos  separan, nos aíslan los unos de los otros y terminan apoderandose de nuestras vidas. Asi la mandé a construír. Asi viví aquí. Y ahora ya puedo morir, sólo, sin puertas, y para eso te esperaba a ti-- 

Me fuí corriendo de aquel insólito lugar tratando de escaparme de allí. Pero no pude. Todas las puertas se cerraron sobre mi. Desde entónces vivo, como todos, en un sitio con puertas que no nos dejan salir.