Monday, January 20, 2020

INFANCIA ANCESTRAL: EL CARRO DE VALENTIN

Tiempo en profundidad: 
está en jardines.
Mira cómo se posa.
Ya se ahonda.
Ya es tuyo su interior. 
Qué trasparencia de muchas tardes, 
para siempre juntas!
Sí, tu niñez: ya fábula de fuentes.
Jorge Guillén

Fábula de Fuentes
(Temps retrouvé)

El cozario de Moguer, 1944,
traía leña, paquetes, recados,
cotilleos, chismes y rumores 
que, para las moguereñas 
que vivían en Huelva,
como mi madre,
era lo mismo que hoy la Internet.
Lo recuerdo con la nostálgia y el cariño
de los "temps retrouvé" 
que en nuestras entrañas,
 como bálsamo profiláctico
para lidiar con éste mundo al revés,
vamos acumulando como tesoro
que no podemos perder
porque de lo contrario 
qudaríamos aún más atrapados
en éste borrasca
de barcos a la deriva
sin puertos a los que acceder...


Valentín,
que traía en su carro
lleña, paquetes, recados,
cotilleos, chismes 
y rumores de Moguer.

Yo esperaba a Valentín en la  puerta de mi casa, Careterra de Sevilla, nº 16, frente a la Huerta Mena, con un látigo que me había hecho mí madre para 
que arreara los mulos de Valentin.

!Arre boo...! 
Mi grito al ver aparecer el carro que se acercaba con esas promesas que se tienen cuándo la infancia tiñe el horizonte de mariposas que cumplen lo idílico,
lo impermeable dónde nunca ha de llover. 

Valentín --personaje inexistente hoy en día tragado ya por la vorágine desintegradora y enloquecida del manicomio actual-- llevaba unas botas con hierros protectotres porque andaba la mayor parte de la carretera de Moguer a Huelva y el calzado tenía que ser fuerte y duro para que durase sin perecer.

Hablaba un andaluz puro y antiguo de los hombres del campo con un acento grave, profundo, ininterpretable, 
minero de cueva autóctona 
que le proporcionaba efluvios telúricos 
y al que los mulos respondían 
con la obediencia de hacer sonar 
--al apretar el paso-- sus campanas 
como si entendieran 
todo lo que Valentin había dicho.

Al pasar fente a casa
me llevaba un trecho junto a su carro,
y, si había un hueco en él,
me subía y yo,
director de carromatos,
arreaba a los mulos
con mi látigo, 
una cuerda atada a un palo,
batuta infantil de embriones atávicos 
que ya llevaría mi ser.

¿Qué ha pasado desde entónces?

¿Dónde nos han llevado 
los otros carros de Valetín
que el llamado progreso ha fabricado
con todos sus mulos y látigos?

¿Qué ha pasado
cuándo nos quitaron
de las manos el látigo
y nos pusieron un movil
para incomunicarnos?

¿Qué ha pasado
que todo transcurrió tan rápido...
tan veloz, tan acangrenado?

¿Qué ha pasado
que las estrellas
se nos han ido apagando
y los ríos a lagos
han ido desembocando?

¿Qué pasado
que estamos,
mas que nunca,
en un Gran Laberínto
encrrados?

¿Qué ha pasado
que la luna llena
se nos ha inundado
y ya no sostienen las mareas
que balanceaban 
aquellas fábulas de fuentes
de las catapultas del pasado?

Porque, hoy, ¿dónde estamos?
¿Qué clase de demencial panorama
nos envuelve por todas 
éstas carreteras
por dónde vamos transitando?

Es como si ya no supiésemos
adónde vamos
ni qué leña,
paquetes,
recados,
cotilleos,
chismes y rumores
vamos llevando...

Es como si todos los carros
se hubiésen descarrilado
por caminos y carreteras
que ya parecen borrados...