Sunday, December 8, 2019

LECCIONES DE METAFISICA, Lección XIII (Hemos llegado al momento más grave)


LECCION XIII 

"La verdad es la pura coexistencia de un yo con las cosas, de unas cosas ante el yo"

"Yo soy ahora el que ve la pared, y la pared, lo visto por mí. En consecuencia, para ser yo el que ahora soy necesito de la pared no menos que ella, para ser lo que es, necesita de mí"


Llegamos a una especie de confluencia hermenéutica que produce un especie de armisticio epistemológico dónde el  idealismo y el realismo, en su aprehensión de la realidad, se hacen interdependientes dialécticos; es decir, se necesitan. Es como si los dos poseyeran las dos llaves con las que hay que abrir la caja para poder ver asi lo que hay dentro de ella. Porque --a grosso modo-- las lecciones nos llevaron al punto --con el idealismo-- en el que el pensamiento suplataba al objeto, a la cosa, para después, con el realismo, pasar adónde la cosa podía existir sin el pensamiento. Pero se vio --obviamente-- que las dos tesis cojeaban cada una por su lado hasta que se las complementaron una con otra hasta concluir con el balance final entre ambas: 


"La verdad es la pura coexistencia de un yo con las cosas, de unas cosas ante el yo"

Esas cosas representan el Dasein heideggeriano: el ser en un Mundo dado. el yo soy yo y mis circunstancias de Ortega viene a decir, a asentar, esa coexistencia de un yo con el Mundo, con las Circunstanias con las cosas del Mundo donde existo

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Estamos en el momento más grave. 

Vamos a decidir el principio fundamental en el sistema de nuestras convicciones, la verdad primera en el corpus de nuestras verdades. 

Es la verdad raíz y, por tanto, tendrá que ser radical. Radical en cuanto a la universalidad de su contenido: y radical en cuanto a la suficiencia independiente de su verdad. 

La tesis realista que afirma la existencia del Mundo de las cosas pareció, en ambas dimensiones, insuficientemente radical. Porque al afirmar la existencia del mundo dejó fuera de él a este pensamiento en que hago tal afirmación. 

Es preciso ahora que la tesis primera se incluya a sí misma. Pero además, la afirmación de la existencia del mundo no es por sí, indubitable. Sólo existe indubitablemente aquello del mundo que está ante mí presente. 

La realidad indubitable no es, pues, la de lo que está ahí, sino la de lo que está ante mí porque está ante mí. 

Supone, pues, la realidad del mundo la realidad mía. Cuando lo afirmo a él me he afirmado ya a mí. Yo tengo que estar presente a la cosa para que la existencia de ésta sea indubitable, o lo que es igual, lo indubitable es no la cosa sino su presencia ante mí.  Esta presencia ante mí de la cosa ha sido llamada pensamiento. 

Por consiguiente, la realidad indubitable y primaria es el pensamiento. 

Nosotros nos preguntábamos si esta nueva tesis, la idealista, es firme, esto es, si en ambas dimensiones antes indicadas es suficientemente radical. Parece, por lo pronto, ser plenamente universal. 

Todo aquello a que yo pueda referirme tendrá que ser un pensamiento mío; si no, si no pienso en ello mal podría referirme a ello. 

Pero además la afirmación de que la realidad es el pensamiento no se deja fuera, como la tesis realista, a este pensamiento en que hago tal afirmación. Esto por lo que hace a la dimensión de universalidad. 

Veamos ahora cómo anda la tesis idealista en punto a indubitabilidad, es decir, a no complicar otra tesis distinta de ella pero de la cual necesita para ser verdad. 

Esto nos obliga a plantear la cuestión de un modo muy preciso a fin de que no haya escape posible. 

Para los efectos de la tesis fundamental hemos entendido por realidad «lo que verdadera e indubitablemente, hay». Según la tesis realista lo que verdaderamente hay es cosas, mundo; esto es, lo que existe en sí y por sí, lo independiente de mí. 

Esto era un error y hemos hecho la corrección idealista: la existencia de algo por completo independiente de mí es esencialmente problemática, cuestionable: no puede, en consecuencia, ser una primera verdad. Sólo es indubitable que lo que hay lo hay en relación conmigo, dependiendo de mí, que lo hay para mí. 

Hasta aquí la tesis idealista parece invulnerable. El ser independiente de mí que el realismo ingenuamente afirma no tiene salvación posible. 

Sólo hay, con verdad indubitable, lo que hay para mí. 

Pero ahora pregunto sin admitir evasión ni subterfugio: ¿qué hay cuando sólo hay lo que hay para mí? 

En este momento hay para mí esa pared. El idealismo dice entonces: por tanto no hay una pared sin más, sino que sólo hay el «ser para mi de una pared» y a este «ser para mí que es algo» lo llamamos pensamiento. 

Hay, se concluye, sólo pensamiento, un sujeto que piensa la pared, un sujeto para el cual hay pared. No hay cosas, hay sólo la conciencia o pensamiento de las cosas. 

Al llegar aquí tenemos que seguir impertérritos obligando al idealista para que precise más su tesis. 

Por eso le preguntamos: qué hay en el universo cuando sólo hay conciencia, pensamiento? 

Y él nos responde: hay un sujeto que piensa o se da cuenta y que no consiste sino en eso: hay este darse cuenta de algo o tener conciencia de algo o pensar, y propiamente no hay nada más. 

Porque el algo del que se da cuenta, de que tiene conciencia o piensa – por ejemplo, la pared – no la hay verdaderamente, sino que es algo interior al pensamiento y que sólo en éste y por éste es algo. 

Tanto vale, pues, decir, que sólo hay pensamiento o conciencia como decir que no hay cosas, puesto que haberlas significa ahora haber el pensamiento de ellas. Esto es el auténtico idealismo. 

El idealismo se ha nutrido siempre con el ejemplo de la alucinación que le es el más favorable. 

Analicemos, pues, la alucinación. 

Supongamos que cuantos estamos aquí padecemos súbitamente una: de pronto vemos que entra aquí un toro furioso. Yo pregunto, qué es lo que hay en el Universo mientras estamos en la alucinación? 

Hay un toro furioso: lo hay indubitablemente y hay nosotros aterrados ante él. Tanto hay lo uno – el sujeto – como la cosa – el toro – y no hay más lo uno que lo otro. 

Pero he aquí que luego, por los motivos que fuere, pensamos que se trataba de una alucinación. 

Hemos salido del instante anterior en que veíamos un toro. Estamos en un segundo instante en que vemos lo acontecido anteriormente como un pensamiento alucinado.  Qué hay en el Universo mientras estamos en este segundo instante? Hay nosotros – el sujeto – y hay la alucinación anterior bien que como un pasado, pero como un pasado real, efectivo, como una realidad que hubo, pero que la hubo absolutamente; lo que no hay ya ni hubo es toro. 

Desde este segundo instante anulamos, borramos a este [toro] por irreal, a éste que antes era una absoluta realidad. Ahora la realidad absoluta, además de nosotros, es un pensamiento alucinado pretérito; esto es lo que hay. 

Pero yo pregunto: Qué sentido tiene este efecto retroactivo, sobre el instante primero, de lo resuelto en el instante segundo? 

Porque yo, desde mi convicción actual, al calificar lo anterior como una mera alucinación no anulo la situación del Universo, de la realidad que antes hubo. 

El toro estaba ante mí, había absolutamente un toro, ni más ni menos que ahora hay ante mí absolutamente sólo una alucinación, un pensamiento. 

He pasado por dos convicciones sucesivas, pero que en cuanto convicciones son idénticas: a ambas les acontece lo que es inexorable en toda convicción, a saber, que su término, aquello de que estamos convencidos es absolutamente, lo hay indubitablemente. 

Quién me asegura que no es ahora, al estar convencido de que padecí una alucinación cuando efectivamente la padezco? 

Mientras la alucinación – o pensamiento – se ejecuta no existe para mí. Y como la tesis idealista consiste precisamente en afirmar que sólo hay lo que hay para mi: el pensamiento que pienso, no lo hay, puesto que mientras lo pienso no existe para mi.  Es preciso que deje de ejecutarlo, esto es, de estarlo pensando y desde otro nuevo lo convierta en objeto para mi

Pero se dirá que al recordar ahora ese pensamiento anterior y ser éste objeto para mí, existe para mí, al fin y al cabo. En modo alguno, y la prueba de ello es que el Universo ha cambiado de antes a ahora.

Antes, cuando ejecutaba mi primer pensamiento, había en el Universo absolutamente un toro furioso aquí. Ahora ya no lo hay, sino sólo un pensamiento de toro furioso; el pensamiento de toro no es cornúpeto. Ahora hay sólo ante mí «alguien» – mi yo antes – que cree ver un toro. No es posible que este «pensamiento-objeto» y aquel «pensamiento-en-ejecución» sean lo mismo, puesto que sus resultados de [es decir, en cuanto] realidad son tan distintos. 

Sólo serían el mismo si yo ahora al describir la situación anterior la tomase según entonces se daba y dijese: antes he visto realmente un realísimo toro. 

Pero entonces no habría idealismo, no sería verdad que hay sólo pensamiento. 

--Es preciso, pues, distinguir entre el ser ejecutivo del pensamiento o conciencia, y su ser objetivo. 

--El pensamiento como ejecutividad, como algo ejecutándose y mientras se ejecuta, no es objeto para sí, no existe para sí, no lo hay. 

--Por eso, es incongruente llamarlo pensamiento. Para que haya un pensamiento es menester que se haya ejecutado ya y que yo desde fuera de él lo contemple, me lo haga objeto. 

Entonces yo puedo no adherirme a la convicción de lo que él fue para mí, no reconocer su vigencia y decir «era una alucinación» o, más en general, lo pensado en el pensamiento era interior a él y no realidad efectiva. Esto es lo que se llama pensamiento, según oímos antes. 

Recuerden que decíamos: Cuando sólo hay pensamiento no hay efectivamente lo que en él hay pensado. Cuando sólo hay mi ver esa pared, no hay pared. 

--Pensamiento es, pues, una convicción no vigente: porque no se ejecuta ya, sino que desde fuera de ella se la mira. Pensamiento es, pues, un aspecto objetivo que toma la convicción cuando ya no convence. 

Pero es el caso que ese aspecto lo adopta ahora, es decir, que es mi nueva convicción, la que ahora ejecuto, la que es vigente. Vigente es sólo la convicción actual, actuante, la que aún no existe para mí y, por tanto, no es pensamiento sino absoluta posición. 

--Por tanto, la tesis idealista que afirma la realidad exclusiva del pensamiento complica otra realidad distinta del pensamiento, que es la convicción desde la cual hago aquella afirmación y dentro de la cual aquella afirmación tiene vigencia

Dicho de otra forma: para que la tesis idealista, como cualquiera otra, sea verdad, es menester que se reconozca vigencia a la convicción en que ejecutamos esa tesis; esto es, que lo que esa convicción cree que hay absolutamente, lo pongamos como absoluta realidad. 

--Pero esto equivale a decir que sólo hay realidad cuando no existe para nosotros el acto en que la pensamos, cuando no es nuestro objeto sino que lo ejecutamos o lo somos. De modo que la condición bajo la cual es firme una tesis excluye precisamente la firmeza o verdad de la tesis idealista. 

--Esto nos hace caer en la cuenta de que el idealismo al pretender fijar qué es lo que verdaderamente hay comete, bien que en otra dirección, el mismo error que el realismo. 

El error del realismo consistía en que al determinar qué es lo que hay no tomaba lo que hay tal y como lo hay, en su estricta pureza, sino que subrepticiamente hacia una hipótesis, a saber: al afirmar que lo que hay son las cosas en sí y por sí, venía a decir esto: esa pared que veo y que, por tanto, existe ahora ante mi y me es presente, la habrá también cuando no exista ante mi y no me sea presente; en suma, seguirá existiendo. 

No es esto último un añadido hipotético y nada evidente? Es indubitablemente evidente que esa pared existe mientras me es presente, pero no lo es que siga existiendo. 

Lo que evidentemente hay es, pues, la pared ante mí; por tanto yo y la pared igualmente reales uno y otra. 

--Yo soy ahora el que ve la pared, y la pared lo visto por mí. En consecuencia, para ser yo el que ahora soy necesito de la pared no menos que ella, para ser lo que es, necesita de mí. 

(Es decir, "para ser lo que es, --la pared-- necesita de mi" ¿Será como en la mecánica cuántica que los hechos observados depende del observador? "La pared necesita de mi")

--La realidad --ahora-- no es la existencia de la pared sola y por sí – como quería el realismo –, pero tampoco es la de la pared en mí como pensamiento mío, mi existencia sola y por mí. 

--La realidad es la coexistencia mía con la cosa. Esto, fíjense bien, no se permite negar que la pared puede existir además sola y por sí. Se limita a declarar que tal ultra-existencia más allá de su coexistir conmigo es dudosa, problemática. 

Pero el idealismo afirma que la pared no es sino un pensamiento mío, que sólo la hay en mi, que sólo yo existo. Esto es ya añadido hipotético, problemático, arbitrario. 

La idea misma de pensamiento o de conciencia es una hipótesis, no un concepto formado ateniéndose pulcramente a lo que hay tal y como lo hay. 

--La verdad es la pura coexistencia de un yo con las cosas, de unas cosas ante el yo.