LA EXITOSA OPERACIÓN DEL PENTÁGONO, COVID-19

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UNO, DOS, TRES, CUATRO, CINCO, SEIS, SIETE, OCHO, NUEVE, DIEZ...

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"EL CAPITALISMO NO ES NADA MÁS QUE UNA EMPRESA DE LADRONES COMUNES DISFRAZADA DE 'CIVILIZACION' QUE EXTENDIÓ, IMPERIALÍSTICAMENTE, A ESCALA GLOBAL, UN 'SISTEMA' (ECONÓMICO, POLÍTICO, IDEOLÓGICO Y SOCIAL) PARA LEGALIZAR Y LEGITIMAR CON LEYES UN ROBO MASIVO Y PLANETARIO DEL TRABAJO SOCIAL Y DE LOS RECURSOS NATURALES, ENMASCARADO DE 'ECONOMÍA MUNDIAL' " Manuel Freytas -- "LA SITUACION DEL CAPITALISMO HOY EN DIA NO ES SOLAMENTE UNA CUESTION DE CRISIS ECONOMICAS Y POLITICAS, SINO UNA CATASTROFE DE LA ESENCIA HUMANA QUE CONDENA CADA REFORMA ECONOMICA Y POLITICA A LA FUTILIDAD E INCONDICIONALMENTE DEMANDA UNA REVOLUCION TOTAL" Herbert Marcuse, 1932



"UN SISTEMA ECONÓMICO CRUEL


AL QUE PRONTO HABRÁ

QUE CORTARLE EL CUELLO"

¡ QUÉ GRAN VERDAD !
PORQUE FUÉ ESE MISMO
SISTEMA ECONÓMICO CRUEL,
PRECISAMENTE,
¡ EL QUE LE CORTÓ EL CUELLO A ÉL !


Saturday, November 30, 2019

LECCIONES DE METAFISICA, Lección VII




LECCIÓN VII 

"Si el mundo en torno respondiese a todas 
mis necesidades o menesteres yo no me habría hecho nunca cuestión de nada en él, 
no se me hubiera ocurrido pensar sobre nada; 
y ni siquiera tendría la idea de necesitar, 
de haber menester. Un mundo en tal sentido favorable al hombre es precisamente otro mundo, 
el mundo con que el hombre sueña y sueña en él porque éste es, más bien, lo contrario: un mundo desfavorable al hombre"

Con todo esto no hemos hecho sino definir la estructura general de nuestra vida, pero si lo que he dicho es verdad, en cada instante concreto de nuestra vida tendremos un caso particular de esa estructura general, esto es, que si analizamos nuestra realidad en cualquier instante hallaremos que está constituida por los componentes enunciados, que consistirá en que estamos en una circunstancia determinada, que en ella estamos haciendo algo, ocupándonos con algo, que este hacer y ocupación nuestros fue decidido por nosotros en una preocupación, y que si decidimos hacer lo que estamos haciendo fue porque nos parecía realizar con ello el yo que cada uno de nosotros presiente que tiene que ser. 


El hombre no puede materialmente dar un paso sin anticipar todo su porvenir y en vista de él decidirse a darlo o no darlo, a caminar en una dirección o en otra. 


Todo esto acontece, en efecto, ahorala vida de ustedes consiste concretamente en estar ahora en esta habitación y se trataba de analizar esta situación concretísima, de hacer su anatomía, diríamos, microscópica, a fin de, encontrar en ella con plena evidencia todos esos ingredientes sustantivos de la vida, que nos han hecho entrever aquellas fórmulas macroscópicas. 


Nuestro propósito es, pues, expresar en conceptos, pensar la realidad que es nuestra vida tal y como ella es ahora. Pero encontrábamos una dificultad fundamental y es que al pensar su vida el hombre tiende, por razones que a su hora descubriremos, a no pensarla según es, sino a interpretarla como si el ser de esa vida fuese de la misma estructura que el ser de las cosas corporales que hallamos en nuestra vida. 


Al llegar aquí yo quisiera resumir lo demás que en la lección V dije, y pasar lo antes posible más adelante. 


Y a este fin, desearía que se preguntasen: ¿qué género de hacer es el pensar sobre una cosa?, esto es, qué hacemos con ella cuando pensamos en ella? 


No vacilarán ustedes en responderse: cuando pensamos sobre una cosa lo que hacemos es ocuparnos en averiguar lo que es, en descubrir su ser. Perfectamente: pero esto implica que la cosa, tal y como ella está en mi vida, antes de pensar, sobre ella no manifiesta su ser, o lo que es igual, está en mi vida, actúa en ella, pero no tiene ser. 


Esta luz me alumbra, tengo su iluminación, la tengo, pues, a ella –, como tal luz, pero no tengo su ser, no está ahí su ser, no sé lo que [ella] es. Y esto me acontece con todo lo demás que integra mi vida.


Lo que pasa – y ya veremos por qué – es que hemos pensado ya sobre muchas cosas, y hemos recibido todavía más pensamientos sobre ellas, los que la tradición educativa y la cultura ambiente contienen acumulados. 


De aquí que creamos saber no poco sobre ellas, sobre lo que son, y este saber esté tan convertido en hábito que ese su ser – que ya sabemos – nos parece estar ahí. Así cuando decimos que esta habitación es un espacio material nos parece que esto – un espacio material – está ahí por sí y sin que nosotros pensemos en ello. Y, sin embargo, es cosa bien clara que hablando con rigor ni nosotros ni nadie sabe de verdad y en absoluto lo que es un espacio material. 


Sólo sabemos algo sobre ello muy parcial y aproximado y problemático. Y si, ni aun después de haber pensado la humanidad miles y miles de años en ello ha logrado saber radicalmente lo que [el espacio material es, ¿cómo va a estar ahí, formando parte de mi vida? 

Recuerden ustedes que todo lo que forma parte de mi vida es manifiesto, patente: si no, yo no lo vivo. Si el contorno o circunstancia en que estamos sumergidos – y esta inmersión en la circunstancia es lo que llamamos vida – tuviera un ser, y vivir fuese desde luego encontrar patente ante nosotros ese ser, la existencia del hombre sería estrictamente lo contrario de lo que es. 


En primer lugar, no necesitaríamos pensar sobre las cosas sino que éstas nos revelarían por sí mismas, y desde su aparición ante nosotros, su ser; esto es, que vivir sería desde luego saber lo que es el mundo, y al saber esto sabríamos su pasado y su porvenir, y sabiendo el porvenir del mundo sabríamos el nuestro en él y no nos hallaríamos en perplejidad, teniendo que decidir nuestro futuro entre varias posibilidades. 


Un mundo cuyo ser es sabido se compone sólo de necesidades. Pero el caso es que la realidad radical llamada por nosotros vida tiene caracteres totalmente opuestos a éstos


Siempre que de algo digamos «es tal» o «es cual» «es así» o «es de este otro modo» hemos abandonado el algo, la cosa según se da en su actuación primaria sobre nosotros, y la hemos sustituido por un pensamiento nuestro, por una interpretación. 


Ella, la cosa, por sí misma, según su actuación primaria en nuestra vida no es tal ni es cual, no es así ni del otro modo: está, en suma, desnuda de todo ser. 


La tierra está ahí bajo mis pies o bajo los cimientos del edificio en que me encuentro. En mi vida tiene un papel primario que es sostenerme. Pero he aquí que de pronto se estremece, oscila, deja de ser firme, de sostenerme. Entonces es cuando me hago cuestión de ella


Antes era – fíjense – lo que me sostiene. Ahora es... una cuestión, un problema. Me pregunto: ¿qué es la tierra? El pensamiento comienza a funcionar, disparado por la urgencia vital, pre-intelectual, de tener que ser sostenido por ella y... fallarme, no servirme para ese menester de mi vida. 


Si el mundo en torno respondiese a todas mis necesidades o menesteres yo no me habría hecho nunca cuestión de nada en él, no se me hubiera ocurrido pensar sobre nada; y ni siquiera tendría la idea de necesitar, de haber menester. Un mundo en tal sentido favorable al hombre es precisamente otro mundo, el mundo con que el hombre sueña y sueña en él porque éste es, más bien, lo contrario: un mundo desfavorable al hombre. 


En el secreto fondo de sí mismo, el hombre cuenta siempre con esa resistencia del mundo a él, pero tarda mucho en revelarse a sí mismo su propio secreto. 


Parecerá extraño que pueda tener uno consigo mismo un secreto y, sin embargo, nada más sencillo y corriente. Secreto es todo aquello con que contamos, que interviene en nuestra vida pero que no nos lo hemos dicho nunca, o lo que es igual, que no lo hemos pensado. Pensar y decir son, como veremos, una misma cosa y no es un azar que en, Grecia lógos significase ambas cosas. 


El pensamiento no existe sin la palabra: le es esencial ser formulado, expreso. Lo inexpreso e informulado, esto es, lo mudo no ha sido pensado y como no ha sido pensado no es sabido y queda secreto. 


Por eso hablar – esto es, pensar – es manifestar, declarar o aclarar, descubrir lo cubierto u oculto, revelar lo arcano. «Decir», decir algo es poner de manifiesto lo que antes existía en forma latente y larvada. Y el sentido primario del decir no es el conversar, no es el revelar yo a otro mi pensamiento, que mientras no se lo revele mediante el lenguaje es para el otro un secreto, un algo oculto; pasa que yo pueda decir algo a alguien es preciso que antes me lo haya dicho yo a mí mismo, esto es, que lo haya pensado y no hay pensar si no hablo conmigo mismo. 


De donde resulta que antes de revelar algo al prójimo he tenido que revelármelo a mí mismo. Mas para esto es preciso que, además de contar con ello haya reparado en ello, me haya hecho cuestión de ello y me lo haya definido. 


El lenguaje es ya por sí ciencia la ciencia primigenia que encuentro ya hecha en mi contorno social, es el saber elemental que recibo de la comunidad en que vivo y que me impone desde luego una interpretación de las cosas, un repertorio de opiniones sobre su ser. El lenguaje es, por excelencia, el lugar común el saber mostrenco en que inexorablemente tiene que alojarse todo mi pensamiento propio, original y auténtico. 


Pero volvamos al asunto presente. Decía yo que en el secreto fondo de sí mismo el hombre cuenta siempre con el carácter de antagonista que frente a él tiene el mundo, mas tarda mucho en revelarse a sí mismo ese secreto, en suma, en pensarlo y decírselo, en saberlo con conocimiento directo y expreso. 


Pero el hombre suele tener dos modos de expresar y pensar lo que constituye su vida, esto es, todo aquello con lo que cuenta. Un modo directo y otro indirecto. Por ejemplo, cuando el hombre inventa el mito de la varita de virtudes y con ella un mundo mágico donde se realizan sin esfuerzo ni resistencia todos sus deseos, no hace una definición directa del mundo real en que vive, como de un mundo donde los deseos no se realizan o que impone cuando menos penosos esfuerzos para la satisfacción de nuestros deseos, pero en el hecho de imaginar ese mito expresa indirectamente a sí mismo que cuenta, en secreto y sin saberlo, con un mundo desfavorable y antimágico, esto es, con un mundo compuesto de ingredientes que fallan, que no nos sirven. 


El mundo mágico es una circunstancia imaginaria en que todo nos serviría, en que la tierra no temblaría nunca. En ese mundo el hombre sentiría una imperturbable seguridad. Pero si lo imagina es que en este mundo, en el real, en el que no tiene que ser imaginado por el hombre sino que lo envuelve y aprisiona inexorablemente, se encuentra inseguro, extranjero y perdido. 


El cuento de la varita mágica expresa, pues, en forma positiva y como en relieve, la presencia inexpresa, secreta y, por decirlo así, el hueco que tiene en mi vida la resistencia del mundo. 


Antes de fallarnos la tierra con su temblor no habíamos pensado en ella; simplemente la usábamos, como usamos esta habitación al estar en ella. Antes, descansábamos, nos sosteníamos sobre la tierra, pero cuando es lo que ahora no nos sostiene, no sabemos qué hacer con la tierra, a qué atenernos con respecto a ella. Y no sabemos aquello porque no sabemos esto. Por eso nos es cuestión. La cuestión es fundamentalmente nuestro hacer con ella, nuestra conducta, con la tierra. Pero para ello necesitamos asegurar nuestro atenimiento a ella: para ello es menester que ella tenga una conducta: un ser. 


Estamos desorientados ante la tierra porque eso es precisamente lo que no tiene y, por tanto, lo que hay que buscar. Ella, la tierra, no necesita tener ser; somos nosotros los que necesitamos que lo tenga. 


¿El ser de las cosas resultará que consiste en una necesidad del hombre? Por eso se dispara la pregunta: ¿qué es la tierra? 


LECCIONES DE METAFISICA, Lección VI



LECCIÓN VI


La Superlativa Paradoja 
del Ser del Hombre.
Resulta que el ser del hombre, 
a diferencia de todas 
las demás cosas del universo, 
consiste no en lo que ya es 
sino en lo que va a ser, 
por tanto, en lo que aún no es.

Procuremos, ante todo, recoger brevemente las averiguaciones logradas a fin de que podamos reanudar nuestro itinerario. 


Si nos ocupásemos de Astronomía nuestro propósito sería definir el ser de los astros, lo que los astros son. Parejamente, el propósito de estas lecciones es intentar definir el ser del hombre.


El ser del hombre es lo que éste suele llamar su vida. Somos nuestra vida. 


Ahora bien, la vida de cada cual consiste, por lo pronto, en que se encuentra teniendo que existir en una circunstancia, contorno, mundo o como quieran ustedes llamarlo. 


Esa circunstancia o mundo en que, queramos o no, tenemos que vivir no podemos elegirlo nosotros, sino que, sin nuestra anuencia previa y sin saber cómo nos encontramos disparados sobre él, arrojados a él, náufragos en él y para sostenernos en él y vivir no tenemos más remedio que hacer siempre algo, que salir nadando.


Yo no me doy la vida a mí mismo, sino que me es dada, me encuentro con ella al encontrarme conmigo mismo. Pero lo que me es dado al serme dada la vida, es la inexorable necesidad, de tener que hacer algo so pena de dejar de vivir. 


Y ni siquiera esto: porque dejar de vivir es también un hacer – es matarme, no importa con qué arma, la Browing o la inanición. La vida que me ha sido dada no me es dada hecha sino que tengo que hacérmela yo. No me es dada hecha, como al astro o a la piedra le es dada su existencia ya fijada y sin problemas. Lo que me es dado, pues, con la vida no es sino quehacer. La vida da mucho quehacer. 


Y lo más grave de esos quehaceres en que la vida consiste no estriba en que haya que hacerlos, sino en que antes de hacer algo tengo que decidir yo mismo lo que voy a hacer; por tanto, lo que voy a ser. 


(Aqui la CLAVE, EL NUDO GORDIANO DEL EXISTENCIALISMO: CONDENADOS A LA LIBERTAD DE TENER QUE DECIDICIR NUESTRO SER, claro que lo decidimos dentro de un orbe dado, un momento hostórico dado, una genética dada, una cronología personal dada, una cultura y lengua dada...como si dado fuese todo un planeta y dentro de éste el poder de decision afectase tan sólo a un minusculo paisaje de tal planeta)


Al llegar a este punto les hacía notar a ustedes la superlativa paradoja que esto encierraPorque según ello, resulta que el ser del hombre, a diferencia de todas las demás cosas del universo, consiste no en lo que ya es sino en lo que va a ser, por tanto, en lo que aún no es.


El hombre comienza por ser su futuro, su porvenir. La vida es una operación que se hace hacia adelante. ¿Cómo se compagina esto con lo enunciado por mí cuando decía que la vida es siempre un presente, un ahora? 


Consiste, repito una vez más, en lo que hacemos, en nuestras ocupaciones. Tenemos que estar siempre ocupados con algo y ya vimos que inclusive el no hacer nada, el esperar, es hacer tiempo, lo cual es una ocupación, a veces angustiosa. Pero estas ocupaciones a que dedicamos nuestra vida no nos vienen impuestas. Tenemos que resolver nosotros ahora en qué nos vamos a ocupar luego, dentro de un instante. Es decir, que ahora nos ocupamos en decidir nuestra futura ocupación. 


Cuando se trata de nuestra existencia cotidiana formada por hábitos consolidados esta decisión es fácil. El que va todos los días a cierta hora a la tertulia no suele vacilar mucho en decirse a esa ocupación. Porque también eso es una ocupación, no discutamos ahora si buena o mala, también es un hacer, es pasar el tiempo, lo contrario de hacer tiempo. 
El que espera, decíamos, hace tiempo para algo, pero el que simplemente deja pasar el tiempo ése pierde el tiempo, es decir, lo deshace. 

Insisto, pues, en que ahora – en todo ahora – nos ocupamos en decidir nuestra futura ocupación, lo que aún no somos, lo que vamos a ser. 


Ahora bien, esto es ocuparse por anticipado, es ocuparse antes de ocuparse, es... pre-ocuparse. La vida es pre-ocupación. 
Y lo es siempre, a toda hora, no sólo en las situaciones especialmente graves, si bien en ellas se muestra más a las claras, dolorosamente el carácter de preocupación anexo a nuestra vida; inevitable en un ser como el del hombre que tiene que decidir su propio ser, lo que va a ser. 

Ahora bien, esto que llamamos preocupación, este ocuparse por adelantado con lo que nos va a ocupar luego no es sino ocuparse con el porvenir. 

Y el hombre es ese extraño ser que tiene el privilegio, a la vez doloroso e ilustre, de existir en el futuro. Ahora mismo, en este instante, qué somos ustedes y yo? 


Ustedes en este instante presente no están, hablando con rigor, en el presente sino que están esperando la palabra próxima que yo voy a pronunciar, están en el futuro inmediato, proyectados hacia él, atentos a él. 

La que yo he pronunciado, la presente que ya han oído no les ocupa ya. Y yo estoy ahora preocupado de la frase que voy a decir; la que estoy diciendo ya no me ocupa propiamente, mi aparato laríngeo y mis labios la pronuncian de modo casi mecánico. 

No puedo ahora dejarme derivar a las sustanciosas cuestiones filosóficas que esta esencial averiguación suscita. Quedémonos con sólo esto: que nuestra vida es, por lo pronto y sobre todo, proa de sí misma, que anticipa y taja el espumante porvenir, esto es, que lo decide. 


Pero si yo tengo, quiera o no, que decidir lo que voy a hacer – ya que nadie puede darme hecha la decisión –, quiere decirse que la vida me coloca siempre, siempre, en todo instante, frente a varias posibilidades de hacer.


 Al salir de aquí yo puedo hacer muchas cosas diversas, por lo menos varias. Entre ellas tengo que decidir. El tener que decidirme implica que no está nunca mi ser decidido de antemano como lo está el del astro al que le es dada decidida su órbita


Antes de decidir estoy, pues, indeciso, perplejo. He aquí que la vida es... perplejidad, constante y esencial perplejidad. 


Hasta aquí llegábamos y aquí es, por tanto, donde tenemos que hincar bien los talones para reanudar nuestra andadura. 


Y comencemos por preguntarnos qué tiene que acontecer, cómo tienen que estar las cosas para que alguien se sienta perplejo, o de otro modo, cuáles son los ingredientes de la perplejidad, verdadera sustancia de nuestra vida 


Y es evidente que para que alguien se sienta perplejo será menester que ese sujeto tenga, por fuerza, que hacer algo, pero que encontrando ante sí diversas posibilidades de hacer, de ser, no sabe por cuál decidirse.


De aquí que el símbolo de la perplejidad es la encrucijada: varios caminos se abren ante nosotros, ¿cuál tomaremos? El uno nos lleva a ser una cosa, el otro nos lleva a ser otra; vamos a elegir nada menos que nuestro ser mismo. Y repito que esto, con mayor o menor dramatismo, acontece en cada instante de nuestra vida. 


La existencia del hombre es constante encrucijada. 


(Es el en paz descanse de la lápida mortuoria el cese a esa perplejidad, a esa encrucijada? ¿Esta esa perplejidad y encrucijada solamente implícita en el homo sapiens o en toda forma de vida?)

La circunstancia o mundo en que hemos caído al vivir y en que vamos prisioneros, en que estamos perplejos, se compone en cada caso de un cierto repertorio de posibilidades, de poder hacer esto o poder hacer lo otro. 

Ante este teclado de posibles quehaceres somos libres para preferir el uno al otro, pero el teclado, tomado en su totalidad, es fatal. 


(¿somos libres?...¿Es esto cierto? ¿Que hay que entender aqui por somos libres? ¿Libres de qué, con qué, hacia qué? ¿El miedo a la libertad de E. Fromm?

¿O estamos encadenados como dice Rousseau?)

Las circunstancias son el círculo de fatalidad que forma parte de esa realidad que llamamos vida. 


Pero, nótenlo bien, porque éste es el carácter fundamental de nuestra existencia: esa fatalidad de nuestra circunstancia, del mundo en que vivimos, no nos obliga a hacer, a ser una sola cosa. ¡Ojalá que fuese así! 

Entonces la vida del hombre sería como la de la piedra – muy cómoda –, porque para la piedra existir es estar dirigida por las fuerzas cósmicas. La piedra que en el aire soltamos no siente perplejidad alguna: lo que va a hacer, lo que va a ser está ya decidido desde siempre, caerá hacia el centro de la tierra. 


Pero no está decidido hacia qué dirección van ustedes a caminar cuando salgan de aquí, ni está tampoco decidido si mañana van a meditar un poco sobre lo que yo les he dicho o se van a desentender de ello: pueden ustedes hacer lo uno o lo otro. 

Dentro de la fatalidad de vuestra circunstancia sois libres; más aún, sois fatalmente libres porque no tenéis más remedio, queráis o no, que escoger vuestro destino: en la holgura y el margen que os ofrece vuestra fatal circunstancia. 


Cada hombre – y claro está, cada mujer – tiene su mundo o circunstancia que se parece más o menos a la del prójimo, pero que siempre tiene algunos elementos distintos. Casi todos los que estamos aquí somos españoles y eso, ser español, significa propiamente tener ante sí una circunstancia, una fatalidad y un repertorio de posibilidades diferentes de ser inglés o ser alemán. Pero aún siendo españoles nuestra circunstancia sería bastante inversa si viviésemos en la España del siglo XVII. 


La circunstancia o mundo en que por fuerza existimos no es sólo un aquí determinado sino que es una determinada fecha. Vivir es existir aquí y ahora; como antes he dicho, salir nadando en el aquí y en el ahora, no en una circunstancia imaginaria. Por eso debe parecernos idiota todo lo que no sea comenzar por aceptar alegremente la circunstancia en su efectiva realidad. 


Ante lo fatal,  al mirarlo con el sentido de lo que se puede hacer, la opción es aceptarlo. Eso es lo primero, luego ya veríamos si podemos en alguna medida mejorar esa circunstancia, sacarle el mayor provecho posible. 


La vida es siempre un lugar y una fecha, que es lo contrario del utopismo y el ucronismo, o lo que es igual, la vida es, por sí misma, histórica. 


Yo creo que al llegar aquí pueden ustedes ver ya con cierta claridad y mayor precisión aquella fórmula con que definíamos el problema de la vida, de la vida de cada cual, al decir que consiste en que el yo que somos cada uno tiene que existir en una circunstancia, en un contorno dado, que tiene que realizarse en él¡ fíjense ustedes!, consiste en que yo tengo que ser yo, no dentro de mí, sino en el mundo donde sin quererlo me encuentro, en éste de ahora. 


Y ese mi mundo podrá ofrecerme más o menos facilidades para realizarme en él, pero siempre es distinto de mí.

LECCIONES DE METAFISICA, Leccion V



LECCIÓN V 

"Claro está que al describir ahora la vida 
nos hemos puesto a pensar sobre ella, 
pero en este único caso lo que nuestro 
pensar busca, lo que se propone, 
es precisamente descubrir la realidad vital 
en su desnudez, lo que ella es cuando 
no es sino ella, cuando se quita de sobre ella 
todo lo demás que hemos pensado sobre ella 
o con motivo de ella y que no es ella". 

Sostenía yo que si nuestra vida consiste ahora en estar dentro de esta habitación, esta habitación no es, en su realidad primaria y propiamente, un espacio, ni es nada material. 


Veamos si yo consigo que esta idea tan heteróclita llegue a ser para ustedes una verdad evidente. 


Recordarán por qué camino hemos llegado a esta cuestión. Habiendo caído en la cuenta de que nuestra vida consiste ahora en estar yo – el yo que es cada cual – en esta habitación, quisimos aclararnos y describir la realidad que hay tras de la palabra «estar», la realidad a que esta palabra alude, y nombra. 


Evidentemente, se trata en ella de la relación entre mí y la habitación. Hicimos varios ensayos para expresar esa relación de alguna manera, si no adecuada, por lo menos clara y satisfactoria. 


Intentamos primero entenderla en sentido espacial: yo formo parte de esta habitación. Pero pronto vimos que eso no tenía sentido. Yo no formo parte de esta habitación porque yo, el yo que vive la vida de cada cual, es único. 


Esta habitación es por completo heterogénea a mí, no en virtud de disquisiciones que me instruyen de que esta habitación es un espacio material y yo soy inmaterial – alma, espíritu –, sino más radicalmente porque siendo yo único, cualquiera otra cosa, sea materia o sea otro espíritu, es distinto de mí, heterogéneo a mí. 


En vista de esto recogimos este resultado negativo, según el cual «estar yo en esta habitación» no es formar parte de ella, en una expresión positiva, y dijimos que equivaldría a «existir yo en lo otro que ya, o bien, existir yo fuera de mí». 


Pero lo uno era demasiado abstracto, aunque verdadero. Existir es un concepto de alta abstracción que nos fue menester someter a un análisis semántico. 


Resultó de él que «existir.» significa sensu stricto: ejecutar la esencia, ser efectivamente lo que se es, serse. 


Pero este resultado semántico nos queda demasiado abstruso, remoto, inconcreto en relación con lo que vemos con toda evidencia y concreción constituir ahora nuestra vida, a saber, que estoy en una habitación. 


Y lo otro, decir que existo fuera de mí, nos hacía recaer, merced al «fuera», en una interpretación espacial que en este caso resultaba no ya falsa, sino absurda. 


Perdidos en nuestra busca de claridad sobre lo que sea el estar, nos percatamos de que habíamos analizado más o menos todos los términos de la frase, salvo la que nos parecía ofrecer menos problemas: la expresión «esta habitación».


La habíamos dejado desatendida e intacta por creer perfectamente claro su sentido sin necesidad de análisis especial. Pero en ello estribó nuestro error.


Dábamos por sabido lo que representa la habitación como ingrediente de nuestra vida cuando ésta, como ahora, consiste en que estamos en ella. 

Y lo dábamos por sabido precisamente porque «sabemos» muchas cosas sobre la habitación: que es un espacio, que es materia constituida por átomos, etc.; y todo eso que sabemos sobre la habitación lo metemos en ella, y la hacemos consistir en ser eso ahora. 


Este es – decía yo – el error general y tenaz que nos estorba y estorbará constantemente para describir la grande y terrible sencillez de nuestra vida, no advirtiendo la salvadora perogrullada de que todo lo que pensemos sobre nuestra vida y sus ingredientes es algo que hacemos estando ya en nuestra vida; que ésta, pues, con todos sus ingredientes, es ya antes de que nosotros nos pongamos a pensar sobre ella y sobre éstos. 


Claro está que al describir ahora la vida nos hemos puesto a pensar sobre ella, pero en este único caso lo que nuestro pensar busca, lo que se propone, es precisamente descubrir la realidad vital en su desnudez, lo que ella es cuando no es sino ella, cuando se quita de sobre ella todo lo demás que hemos pensado sobre ella o con motivo de ella y que no es ella. 


(Esto es totalmente dialéctica Zen)

En suma, en este caso único nuestro pensar se esfuerza en despensar todos los demás pensamientos que en nuestra vida pensamos. (Dentro de muy poco van a entender perfectamente esta frase que acaso les parezca ahora un trabalenguas.) 


De todos nuestros pensamientos sobre el contorno, circunstancia o mundo de nuestra vida el más elemental, el que se nos impone con mayor evidencia, es que el ámbito en que al vivir nos hallamos es un espacio. 


Por eso al interpretar la expresión «nuestra vida consiste ahora en estar en una habitación», dimos por supuesto y como cosa indiscutible que ésta es un espacio. 


Esta inadvertencia, este desliz, este supuesto es lo que ha reobrado sobre el resto de la frase y nos ha impedido cobrar bien su sentido. Ha llegado la ocasión de subrayar algo que dije en la segunda lección, cuando por vez primera hice una descripción condensada de lo que es nuestra vida, descripción de cuyos párrafos todo lo que posteriormente hemos dicho no es sino el comentario y el pulimento. Yo espero que a estas alturas ninguno de ustedes confunda ya esa realidad que cada cual llama «su vida» con su yo. 


Yo no soy más que un ingrediente de mi vida: el otro es la circunstancia o mundo. 


Mi vida, pues, contiene ambos dentro de sí, pero ella es una realidad distinta de [ambos]. 


Yo vivo, y al vivir estoy en la circunstancia, la cual no soy yo. La realidad de mi yo es, pues, secundaria a la realidad integral que es mi vida; encuentro aquélla – la de mi yo – en ésta, en la realidad vital. 


Yo y la circunstancia formamos parte de mi vida. Ahora sí que podemos sin error asegurar que yo formo parte de algo, a saber, de mi vida. 


La circunstancia – en el caso presente y preciso: esta habitación –, es la otra parte de mi vida. Era un error decir que yo – parte de mi vida – formo parte de la otra parte de mi vida que es la habitación. 


No; formo parte del todo que es mi vida, la cual es un todo precisamente porque yo soy [una] parte distinta de la otra parte que es la habitación. 


Así decía yo en la segunda lección: «Nuestra vida, según esto, no es sólo nuestra persona, sino que de ella forma parte nuestro mundo: ella – nuestra vida – consiste en que la persona se ocupa de las cosas o con ellas, y, evidentemente, lo que nuestra vida sea depende tanto de lo que sea nuestra persona como de lo que sea nuestro mundo. 


Ni nos es más próximo el uno que el otro término: no nos damos cuenta primero de nosotros y luego del contorno, sino que vivir es, desde luego, en su propia raíz, hallarse frente al mundo, con el mundo, dentro del mundo y sumergido en su tráfago, en sus problemas, en su trama azarosa. 


Pero también viceversa: ese mundo, al componerse sólo de lo que nos afecta a cada cual, es inseparable de nosotros. Nacemos juntos con él y son vitalmente persona y mundo como esas parejas de divinidades de la antigua Grecia y Roma que nacían y vivían juntas – los Dióscuros, por ejemplo –, parejas de dioses que solían denominarse dii consentes, los dioses unánimes.


Ahora, lo que nos preguntamos es: ¿qué es esta habitación?, pero no en abstracto y sin más, sino que nos preguntamos qué es esta habitación en cuanto ingrediente de mi vida. 


Al encontrarse viviendo el hombre se encuentra en una circunstancia o mundo. En este caso la circunstancia consiste en esta habitación. Mi vida ahora es estar en una habitación. Nos preguntamos qué sea ésta en cuanto [es] aquello donde estoy. 


Precisada así, con todo rigor, la cuestión, nos encontramos con que la respuesta es sencillísima y formidablemente perogrullesca. A la par, es fundamental y de un golpe va a iluminarnos cosas muy decisivas. 


Estar yo en esta habitación – fíjense ustedes – no es estar yo pensando en o sobre esta habitación. Pensar en algo o sobre algo no es sino un hacer mío, es una de las muchas cosas que yo puedo hacer con algo. Yo puedo, por ejemplo, entrar y salir de esta habitación: he ahí dos cosas que yo hago con ella. Puedo también, una vez que he entrado, quedarme en ella un minuto o una hora; esto, quedarme, es otra cosa que hago con ella. 


Hay que desconfiar del aspecto relativo y aun absolutamente pasivo que, a veces, presentan las palabras. Quedarse diríase que no es un hacer, ya que todo hacer implica una actividad. Sin embargo, como en todo instante me es posible abandonar la habitación, el quedarme en ella implica que sigo en ella por alguna razón o motivo de carácter positivo y actuante, esto es, que el simple permanecer en ella es tan hacer como el entrar o el salir de la habitación, más aún, tan activo o enérgico hacer algo con ella como pueda ser el edificarla o destruirla. 


Cada nuevo instante que ustedes se quedan en este aula están haciendo eso: quedarse, permanecer, en el sentido más plenario de actividad


Y cuando hace un rato – fíjense ya en lo sorprendente de esta expresión espontánea del lenguaje: hace un rato – estaban ustedes a la puerta de este aula, estaban ustedes esperando para entrar en ella, estaban ustedes también haciendo algo, a saber, «haciendo tiempo para entrar en el aula» frase ésta que, ahora lo ven ustedes, no es metafórica, sino estricta y directa. 


Hacer tiempo es un efectivo, enérgico hacer, ni más ni menos hacer que hacer un negocio, que hacer la comida, que hacer una mesa, que hacer versos, que hacerse ilusiones. Y es evidente que su esperar a la puerta era un hacer, puesto que podían no esperar, sino irse o irrumpir antes de tiempo en el aula o haber llegado muy deliberadamente a la puerta en el momento de comenzar esta lección, para no perder tiempo. 


El que vino temprano vino porque tenia tiempo y porque lo tenía podía ponerse a «hacerlo», esto es, a esperar, ni más ni menos que el que tiene dinero puede hacer un negocio con él o hacerse una casa, y como el que tiene poesía, esto es, talento poético, puede hacer versos. 


Son, pues, innumerables las cosas que nosotros podemos hacer – en esta habitación – con esta habitación, o mejor expresado, son innumerables nuestros posibles haceres con ella, respecto a ella, en ella o sobre ella. Uno de estos haceres, ni más ni menos que uno de tantos, consiste en ponernos a pensar en ella o sobre ella. Ahora bien, lo peregrino de este hacer que llamamos «pensar en algo» estriba en que no puede ser, nunca, nuestro hacer primario o primitivo con ese algo.


Quiero decir que nunca puede ser lo primero que hacemos con algo, pensar en ello, sino que para poder yo ejercitar este peculiar hacer es preciso, evidentemente, que ese algo haya estado en una relación previa conmigo que no sea meramente pensarlo, pensar en ello. 


Así, para que yo pueda pensar en esta habitación es preciso que ya antes haya yo entrado en ella, o por lo menos haya oído hablar de ella, pues una de las cosas que podemos hacer con algo es «oír hablar de ello»; la prueba es que cuando algo nos es antipático o enojoso solemos decir que «no queremos ni oír hablar de ello», lo cual implica que, en los demás casos, nuestro oír es un querer oír, esto es, un prestar atención, un hacernos atentos. 

Pero se dirá que esas cosas previas al pensar en esta habitación, que yo hago con ella, implican, a su vez, también un pensar. Entrar en el aula, quedarme en ella, permanecer en ella de pie o sentado o paseando, etc., suponen y llevan, como dentro de sí, un darme cuenta de la habitación, o como se dice desde hace tres siglos: «tener conciencia de ella». 


¿Este darme cuenta, este tener conciencia, no es un pensar? La cuestión va a ocuparnos a fondo en las venideras lecciones de enero: es ella la gran batalla ideológica que vamos a dar en mil novecientos treinta y tres. 


Pero ahora nos es suficiente, para la descripción preambular a la Metafísica que de nuestra vida hacemos, con el recuerdo de aquella distinción entre el «contar con» y el «reparar». Se reconocerá que, sea lo que sea, el pensar en algo lo menos que puede ser es «reparar» en ello. O lo que es igual: el pensamiento es, como mínimo, reparar. 


Yo no reparo en el sillón en que estoy sentado – decíamos –, pero cuento con él. Si alguien lo mueve reparo que algo en él ha cambiado, esto es, que antes estaba de otro modo y, sin embargo, antes yo no reparaba en él. Existía, pues, para mí, pero no conscientemente. Estaba ante mí, constituía un elemento presente de mi vida en ese ahora, me había «enterado» de él; en suma, contaba con él, pero no pensaba en él. Es, pues, falso que todo hacer mío con algo implique un auténtico pensar en ese algo o tener conciencia de él. 


Si los hombres, que tenemos varias veces al día que abrocharnos numerosos botones, tuviésemos al hacer esto que pensar o tener conciencia de cada uno de los botones y cada uno de los ojales, necesitaríamos toda la jornada o poco menos para la operación, y al cabo de ella quedaríamos más extenuados que si hubiésemos asistido a varias lecciones seguidas de Metafísica. 


Resumiendo: pensar en algo es un hacer nuestro que supone siempre otros haceres nuestros con ese algo, los cuales no son pensamiento y sólo implican el simple «contar con», esa extraña presencia que ante mí tiene todo lo que forma parte de mi vida. 


Pero esta presencia ante mí de todo aquello con que al vivir cuento, no es un estar ante mí en la forma especialísima en que un objeto de conciencia está ante el sujeto consciente, en que lo pensado está ante el que piensa. 


Ahora bien, la raíz y simiente de toda la Edad Moderna ha sido la creencia opuesta a lo que acabo de decir. 


La Edad Moderna se formó en torno a la afirmación fundamental de que nuestra relación primigenia con las cosas es el pensarlas y que, por tanto, las cosas son primordialmente lo que son cuando las pensamos


(Quiere decir que las cosas no son del color de las lentes --del pensamiento-- con las que las miramos: las cosas poseen sus propios colores)


Eso es lo que se ha llamado «idealismo» y toda la Época Moderna – en su filosofía y en todo lo demás – ha sido esencialmente idealismo. 


Esto insinúa a ustedes la importancia que puede tener esta sencilla averiguación que acabamos de hacer según la cual, lo que las cosas son primariamente es lo que son cuando no pensamos en ellas, antes de que pensemos en ellas: lo que son cuando contamos con ellas, esto es, simplemente las vivimos. 


Colocado así el asunto se advierte desde luego que no podemos entender esos dos modos de ser las cosas – el primario o lo que son cuando no pensamos en ellas, y el secundario, o lo que son cuando sí pensamos en ellas  si no es confrontando el uno con el otro, comparando el, uno con el otro. 


Ahora bien, ¿qué es lo primero que es una cosa cuando pensamos en ella, en el momento inicial de todo pensar en algo? Por ejemplo, se trata de esta luz. Imagínense que nos ponemos a pensar sobre esta luz y que llevamos ese pensar nuestro a la plenitud mayor que hoy puede el hombre alcanzar en ese orden de pensamientos, esto es, que hemos pensado sobre la luz todo lo que hoy puede el hombre pensar sobre ella. Ese pensamiento máximo sobre la luz se llama óptica. Habremos, pues, hecho la óptica. Y si observamos cuál es el resultado de tan vasta y compleja operación de pensar, de tan agudo y preciso hacer, notaremos que lo que al cabo de la óptica conseguimos y hallamos es saber bastante lo que es la luz. Al final de la óptica, pues, no tenemos esta luz, sino una cosa muy distinta de ella que es el «ser de la luz»


Cuando tenemos esta cosa decimos que sabemos. Saber es posesión del ser de una cosa, no posesión de la cosa, sino de su ser. Como esta posesión se verifica en un pensamiento que piensa ese ser, decimos que ese pensamiento nuestro es verdad. 


Sobre todo esto tenemos que hablar mucho, pero ahora nos basta con lo dicho. Porque ello nos permite responder a lo que hace un momento inquiríamos: ¿qué es lo primero que es una cosa cuando nos ponemos a pensar en ella?, por tanto, no lo que es antes de pensarla sino en el comienzo de pensarla. 


Si el término y cumplimiento de mi pensar sobre ella es saber lo que es, evidentemente, el comienzo de mi pensar sobre ella será no saber lo que es. El pensar, que culmina en saber, comienza por ser ignorar. 


El pensamiento, pues, es – tanto más y antes que saber – pura ignorancia. El que no piensa no es ignorante. 


La piedra no ignora lo que es la dinamita que la hace reventar. Porque ignorar es pensar positivamente en algo, es pensar que no se posee el ser de una cosa, es pensar que no se sabe lo que es; en suma, es saber que no se sabe. 


La ignorancia sabe que la cosa tiene un ser, pero no sabe cuál es ese ser, no sabe lo que es. Pero «que es» tiene originaria y propiamente un sentido interrogativo: ¿qué es esta luz? 


He aquí nuestro primer pensamiento sobre la luz, nuestra inicial ignorancia: es una pregunta. Y para ese primer pensamiento esta cosa es... una cosa cuestionable, preguntable: un problema. Lo primero que una cosa es cuando pensamos en ella es... cuestión. 


A la altura de esta quinta lección hemos hecho ya con el estilo de este curso ciertas experiencias que debemos aprovechar, fertilizar tanto ustedes como yo. 


Al principio, cuando oían algunas expresiones mías pensaron más de una vez: Bueno, esto está dicho metafóricamente o por lo menos no está dicho en un sentido formal y estricto. Luego les ha acontecido a ustedes rectificar: aquellas mismas frases que parecían metafóricas e informales resultaban luego tener un sentido directo y estricto. Así nos pasa en este caso. 


Digo que lo primero que las cosas son cuando pensamos en ellas es... cuestiones. Antes de que yo sepa lo más mínimo sobre esta luz, antes de que yo pueda decir que esta luz es esto o lo otro o lo de más allá, he tenido que hacerme cuestión de ella, que preguntarme: qué es? Todo lo otro que [esta luz] vaya a ser viene con posterioridad a su ser pregunta, a su ser cuestión. 


Porque algo me es cuestión cuando mi pensamiento comienza su actividad a fin de resolver la cuestión. Si no, mi pensamiento no funcionaría, no tendría para qué ponerse en marcha y aunque yo lo posea como mecanismo a mi disposición, como «facultad», no usaría de él. 


Las cosas son, pues, para mi pensar, primero, cuestiones, algo respecto a lo cual se pregunta


Bien, pero esa pregunta: ¿Qué es esta luz?, a quién se hace? Preguntar es un hacer mío. Yo pregunto. Bien: pero toda pregunta sobre algo se hace a alguien. ¿A quién hago yo la pregunta? ¿A mí mismo o a otro, por ejemplo, a un físico? 


Aclaremos el primer caso. Resulta que, en él, yo me hago la pregunta a mí mismo, que yo me pregunto


Pero, ¿no es esto extraño? Por lo visto, se trata de que una parte de mí mismo pregunta a otra parte de mí mismo; como si dijéramos – y esto sí es metáfora – que un lóbulo de mi cerebro pregunta a otro lóbulo de mi mismo cerebro: Oye, amigo, ¿qué opinas tú de esto? Algo hay de tal, en efecto: yo dirijo mi pregunta a lo único en mí que puede responder, que tiene voz, que habla: a mi intelecto. 


Toda cuestión como tal es cuestión intelectual. Pero esto supone que el yo interrogante, el yo que pregunta a su intelecto no es el intelectual. 


Y si ese yo no intelectual propone la cuestión al intelecto quiere sentido pre-intelectual. No nos perdamos en este intrincamiento que es, acaso, el primero que encontramos en este curso, lo primero en él que es difícil de entender. 


Refresquemos, pues, los términos del asunto. Ser cuestión algo significa que buscamos – questio viene de querere, buscar –, significa que buscamos con respecto a una cosa lo que es, que buscamos su ser. Pero si buscamos el ser de una cosa es que antes estábamos ya en relación con la cosa, que teníamos ésta. Yo ahora tengo esta luz ahí y por eso se me ocurre preguntarme cuál es su ser o qué es. De una cosa que yo no tuviese ahí no se me ocurriría preguntarme por su ser. Perfectamente. 


Pero ahora notemos el lado inverso del asunto. Cuando yo tenga la cosa «esta luz», no tengo su ser, puesto que necesito buscarlo. Luego las cosas que yo tengo, las cosas que están ahí y que integran mi circunstancia son distintas de su ser


Pero – y aquí viene la tremebunda paradoja –, pero si esta luz que está ahí es algo distinto de su ser quiere decirse que las cosas no tienen «ser», mientras no me pregunto yo por él y hago funcionar mi pensamiento. Pero como pensar en ellas – según sabemos – es sólo una de las innumerables cosas que puedo hacer con ellas, resultará que en todo el resto de mi hacer, en todo el resto de mi relación vital con las cosas éstas no tienen ser


Y ahora sí que nos ocurre preguntarnos con toda vehemencia: ¡Demonio!, y entonces, es decir, cuando yo no pienso en las cosas sino que vivo con ellas sin pensarlas ¿qué son las cosas? ¿Qué son las cosas cuando no tienen ser, esto es, cuando... no son? 


Estoy seguro que ustedes se han dado, con toda evidencia, la respuesta, pero que, al punto, la han rechazado por considerarla absurda, ininteligible. A mi pregunta: ¿Qué son las casas cuando no pensamos en ellas, cuando, por lo mismo, no tienen ser, en suma, cuando no son?, se han respondido ustedes: ¡Ah!, entonces, las cosas son... nada. Pero, ¡claro!, esto les parece a ustedes ininteligible y prosiguen: de modo que esta luz que me está alumbrando cuando no pienso en ella, es... nada? Pero, ¿no decimos en la misma frase que está ahí, que nos alumbra, etc.? ¿Cómo podemos añadir que es nada? Ya era, en efecto, estupefaciente, aquel anuncio inicial de esta lección, según el cual, si nuestra vida consiste ahora en estar en esta habitación, esta habitación no es primordialmente un espacio material. Pero lo de ahora es ya espeluznante: que esta luz que me alumbra, es, cuando yo no pienso en ella, nada. Me hago muy bien cargo de que el asunto resulta difícil de entender. Por lo mismo necesito que ustedes me ayuden. 


Y para ello que se decidan, de verdad, a cumplir su tácita promesa, quitando de sobre la luz todo lo que ustedes piensan sobre ellaquedándose, pues, exclusivamente con lo que esta luz es sin todo eso


Y, ¿qué es entonces? Pues es, lo que ahora me alumbra, lo que yo puedo encender y apagar, lo que cuesta un cierto dinero a la Facultad, etc. Bien; pero nada de eso es el ser de esta luz. 


Cuando pienso en ella mucho y llego al final de mis investigaciones ópticas, hallo que el ser de esta luz consiste en ser vibración etérea. ¿Qué tiene que ver esto – ser vibración etérea – con alumbrarme ahora a mí, con que yo la pueda encender y apagar, con que cueste dinero a la Facultad? 


Todo esto habla casi más de mi que de la luz; en rigor, no dice sino lo que a mí me pasa o acontece ahora con la luz – ser alumbrado por ella – y lo que a ella le pasa conmigo: alumbrarme a míPero no dice nada más de la luz, no dice lo más mínimo sobre lo que es la luz


Su vibración etérea no está ahí, no me pasa a mí con ella ni le pasa a ella conmigo. Por tanto, mientras mi hacer con ella o lo que con ella me pasa es recibir su luz para que yo pueda leer, encenderla con este propósito, apagarla para que no cueste mucho a la Facultad, etc., esta luz ni es vibración etérea, ni es esto o lo otro. 


Si ahora resumimos contestando perentoriamente, rigorosamente a nuestra pregunta: ¿Qué es esta luz cuando, yo no pienso en ella? Pues es lo que me alumbra y me permite leer, lo que enciendo y apago, lo que cuesta tanto y cuanto a la Facultad. Pero, y ¿qué más es? Pues... nada más; es decir, pues nada... además. Por tanto; es todo aquéllo y, además, nada. O dicho en otra forma: ser todo aquéllo es ser nada. 


Yo no pretendo que, por el pronto, entiendan ustedes bien esto que acabo de decir. Ya nos ha acaecido en este curso más de una vez que al dar yo un nuevo paso en la descripción de la vida, por lo pronto, no lo han entendido bien. 


Sin embargo, la nueva idea, aun en su primera aparición, produjo en ustedes como una vislumbre de que por allí había una cierta verdad insospechada para ver la cual a plena luz convenía prepararse. 


Esta preparación, este ¡alerta! es el que me basta por el pronto. La luz se prepara con la vislumbre. Lo que sí nos importa desde luego tener en plena claridad es que si nuestra vida consiste en lo que hacemos, podemos dividir aquélla en dos porciones: 

de un lado, todo lo que hacemos con las cosas que no sea pensar en ellas y de otro, aislado, ese peculiarísimo hacer que es el pensar. 

La división, como advierten, secciona nuestra vida en dos regiones muy desiguales de tamaño, ya que de un lado está sólo el hacer que es el pensar, y del otro, todos los demás innumerables haceres que componen nuestra existencia. 


El pensar no es ni más ni menos hacer que cualesquiera de los otros; si, no obstante, creemos conveniente ponerlo aparte es, porque, según vemos, sólo cuando lo ejercemos cobran las cosas un ser que no tienen en sus demás relaciones con nosotros. 


Ahora necesitan ustedes habituarse y ejercitarse en el intento de pensar cómo son las cosas cuando y mientras no pensamos en ellas. 


Imaginen que hace un rato, en vez de elegir como ejemplo esta luz hubiésemos preferido escoger, para el caso, la tierra y nos hubiésemos preguntado: ¿Qué es esta tierra que veo con mis ojos, que piso con mis pies, sobre la cual camino despacio unas veces, de prisa otras? Mientras pensábamos todo esto nos ocupábamos de la Tierra y no de esta luz. Pero mientras no nos ocupábamos de esta luz ella nos estaba alumbrando y nosotros, gracias a ella podíamos leer. Yo no reparaba en ella, pero contaba con ella, con su alumbrarme, como no reparo en este sillón, pero cuento con él, con el amable servicio que me presta al estar yo en él sentado. 


Si queremos expresar la realidad, lo que es la luz y lo que es el sillón en ese rato, tendremos que decir: la realidad de esta luz en ese rato consiste exclusivamente en alumbrarme y la del sillón en ser lo en que me siento. 

Fuera de este alumbrarme, de esta acción presente y actual sobre mí, esta luz no es nada en mi vida que es la de ahora. Y como hablamos sólo de lo que es nuestra vida y de lo que en ella sean sus ingredientes, tengo derecho a decir que respecto a mí, la luz luce, me ilumina y esto es todo. 

Pero, de pronto, la luz se apaga y yo que me estaba ocupando de la Tierra y no de la luz suspendo entonces aquella ocupación y me pongo a ocuparme de esta luz; entonces, es decir, cuando el lucir y alumbrarme de la luz cesa. 


Yo necesito seguir leyendo y la luz me niega su servicio habitual. Mi vida, que era ahora leer, queda perturbada, anulada por la falta de luz, y se convierte en, otro ahora, en otra situación, en otra vida constituida por no poder leer – a causa de no haber luz –, por una negación. 


Esta negación de mi vida, que encuentro en mi vida, este no poder ser el que necesito ser – esto es, un lector – me hace caer en la cuenta de que no coincido con la circunstancia, que ésta es distinta de mí y que no puedo «contar con» ella, que me es ajena, que me es extraña; en suma, que me extraña. 


Al fallar en algo nuestro contorno, es cuando lo sentimos como extraño, por tanto, como otra cosa que nosotros y entonces, precisamente entonces, cuando nos falla, cuando nos extraña es cuando reparamos en él. 


Al apagarse esta luz es cuando volvemos a ella nuestra atención y nos preguntamos: ¿Qué le pasa a esta luz?, pregunta que lleva en sí la otra: Qué es esta luz? La luz cuando no luce y necesito, que luzca, cuando no hace conmigo lo que venía haciendo y con lo cual me sentía cómodo, hace algo nuevo conmigo: me incomoda y al incomodarme se me hace... cuestión. 


Si todo lo que me rodea, empezando por mi cuerpo, me fuese cómodo yo no repararía en nada, no sentiría la circunstancia como tal circunstancia, como algo extraño a mí sino que creería que el mundo era yo mismo. 


Si al acercar la mano a la mesa ésta cediese y no opusiese resistencia, negación al movimiento de mi mano, tendría derecho a sentir y a pensar que mi mano y la mesa pertenecían a mi yo, que eran yo. Pero si se comportase así la mesa, como, por otra parte, yo necesito ahora apoyar en ella mis brazos, al ceder ella me incomodaría y la sentiría como extraña


Cada cosa en mi vida es, pues, originariamente un sistema o ecuación de comodidades e incomodidades. 


Cuando una cosa me es incómoda se me hace cuestión: porque la necesito y no «cuento con» ella, porque me falta. 


Las cosas, cuando faltan, empiezan a tener un ser. 


Por lo visto, el ser es lo que falta en nuestra vida, el enorme hueco o vacío de nuestra vida que el pensamiento, en su esfuerzo incesante, se afana en llenar. 


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