Nada
Seguimos de pobres
No nos ha tocado el gordo,
ni el flaco,
ni el anoréxico.
Nos hemos quedado a dos velas
Asi que las hemos encendido,
hemos apagado la luz,
y nos hemos quedado pensando,
bajo la penumbra cognoscitiva
de cómo éste regimen,
tan anti-loteriano,
se especializa en ferias,
verbenas y caballitos que dan vueltas,
dados, bingos, bombos y ruletas,
y nos embauca y nos estafa
haciéndonos creer que con su varita mágica
del azar, de la contigencia,
y del quizás de la probabilidad esotérica
de que a alguíen le tiene que tocar
...nos hace tener fé
en que podemos ser ricos
solamente con apostar...
Porque los ricos son especialistas
en ésta suculenta y productiva onírica:
hacernos creer que, con suerte,
podemos ser como ellos
(no con el trancazo y el crimen,
como ellos se hacen ricos).
Y lo mas grandioso, inverosimil y absurdo:
es de que vamos...¡y nos lo creemos!
Porque a alguien le tiene que tocar...
Aunque después salimos intocados,
impalpados, debajo del ojo de la codicia
y de su torcido y retorcido lagrimar.
Es maravillosa y escalofriante esta ingenuidad humana.
Es también dulcemente infantil.
Y agriamente visceral:
apostar por el giro de un destino
que nunca llegará.
Es esa acaramelada angustia de la esperanza vanal
que se hilvana en el por si acaso
de un cangilón que nunca subirá el agua
porque el pozo está controlado
por los mismos que nos hacen participar,
deslumbrandonos con cuentos
de las Mil y Una Noche
que, a la luz de éstas dos velas,
dónde me he puesto a reflexionar,
me hacen darme cuenta
de que no tenemos cura,
de que no tenemos cura,
ni cura, ni obispo, ni cardenal
...mientras haya alguíen
que le de vueltas a unos bombos,
que tire unos dados
o que impulse una ruleta
para hacernos ver y sentir
el abracadabra de ese falso paraíso manufacturado
dónde, al igual que en el Templo de Delfos,
está inscrito el eslogan del gran ritual
de que a alguíen le puede tocar...
...Apago las dos velas y me voy a dormir
A soñar que me ha tocado el gordo,
la gorda, y toda la cofradia
que todos los días nos montamos
para poder sobrellevar ésta otra
lotería de la realidad,
que, sin bombos ni platillos,
tenemos que padecer y escuchar,
música y letanías numéricas,
que, en el coro de niños y niñas
de la capilla oficial,
nos van cantando las cifras premiadas
que sólo a los que ya son ricos
les pueden tocar...
en éste mundo de 'buena y mala suerte'
con las que nos adoban y aliñan
nuestra ya decaida capacidad mental.