UNO, DOS, TRES, CUATRO, CINCO, SEIS, SIETE, OCHO, NUEVE, DIEZ...

UNO, DOS, TRES, CUATRO, CINCO, SEIS, SIETE, OCHO, NUEVE, DIEZ...
"EL CAPITALISMO NO ES NADA MÁS QUE UNA EMPRESA DE LADRONES COMUNES DISFRAZADA DE 'CIVILIZACION' QUE EXTENDIÓ, IMPERIALÍSTICAMENTE, A ESCALA GLOBAL, UN 'SISTEMA' (ECONÓMICO, POLÍTICO, IDEOLÓGICO Y SOCIAL) PARA LEGALIZAR Y LEGITIMAR CON LEYES UN ROBO MASIVO Y PLANETARIO DEL TRABAJO SOCIAL Y DE LOS RECURSOS NATURALES, ENMASCARADO DE 'ECONOMÍA MUNDIAL' ". Manuel Freytas



"UN SISTEMA ECONÓMICO CRUEL


AL QUE PRONTO HABRÁ

QUE CORTARLE EL CUELLO"

¡ QUÉ GRAN VERDAD !
PORQUE FUÉ ESE MISMO
SISTEMA ECONÓMICO CRUEL,
PRECISAMENTE,
¡ EL QUE LE CORTÓ EL CUELLO A ÉL !


Monday, April 7, 2014

LA BIOPATIA DEL CANCER COMO PROBLEMA SEXUAL SOCIOLOGICO, WILHELM REICH, Quinta y Ultima Parte


LA BIOPATÍA DEL CÁNCER COMO PROBLEMA
SEXUAL SOCIOLÓGICO

Se requerirán muchos años de experiencia clínica para comprender a fondo la devastación que la peste emocional ha causado en el sistema vital.

Este estado de cosas se vuelve particularmente afligente debido a que el desquicio en la economía sexual de los enfermos de cáncer -provocado, en esencia, por la peste emocional- es algo que se ignora en forma total y permanente a pesar de ser tan obvio.

La conclusión general es la siguiente: privados de la función sexual natural, los cancerosos en potencia desarrollan una resignación caracterológica general. Al comienzo sólo aparecen "trastornos" locales y benignos, una úlcera gástrica o una simple acidez, hemorroides, espasmos de la garganta, adormecimiento genital, trastornos menstruales, rigidez de la musculatura torácica, etcétera.

El trastorno crónico del funcionamiento biológico va deteriorando en forma creciente la respiración y la pulsación de los tejidos. Estos comienzan a decaer lentamente y a aproximarse al proceso de putrefacción. Los bacilos T hacen su aparición y aceleran el proceso, que se prolonga, sin embargo, a través de algunos años.

Por fin comienzan a proliferar los protozoarios, hasta que el carcinoma se hace palpable y visible. Como es lógico, hasta el más precoz de los diagnósticos del tumor local siempre llega demasiado tarde, pues la biopatía ya ha cumplido su tarea devastadora en el organismo.

La tarea de la terapia del cáncer consiste, pues, en ejercer una influencia sobre el trastorno general en la función del biosistema, en fomentar la reacción B del organismo. Si reducimos todo esto a un común denominador, comprenderemos que (mientras la educación continúe produciendo resignación caracterológica y coraza muscular en forma masiva, no podrá hablarse de una erradicación del flagelo del cáncer. Sin duda se eliminarán más tumores y se salvarán más vidas; pero no nos entreguemos a la peligrosa ilusión de que las drogas y el bisturí o el orgón por sí solo pueden llegar a derrotar al cancer.

Yo también he sucumbido a esas ilusiones. Cuando vi el efecto de la radiación orgónica sobre los tumores cancerosos de las ratas experimenté un enorme alivio." ¡Por fin se abre un camino a la terapia del cáncer!", me dije. "Por fin podremos comenzar a curar el cáncer, e, incluso, a prevenirlo."

En el fondo me deleitaba la perspectiva de librarme, por fin, del "maldito problema sexual" y refugiarme en la atmósfera "pura", libre de sexo, de la patología orgánica. Pero me estaba engañando a mí mismo. Los hechos no mentían y era preciso enfrentarlos. No tardaron en despojarme de mi confortable ilusión de haber encontrado un camino fácil.

Los grandes problemas no se resuelven por caminos fáciles. La dificultad del camino no es más que el reflejo de la dificultad del problema. Yo no me había librado de la "maldita" economía sexual y hoy no puedo menos que experimentar gratitud ante esos hechos incontrovertibles.

Los enfermos de cáncer que traté hicieron aflorar a mi conciencia con gran nitidez lo que yo había observado desde hacía veinticuatro años: la devastadora influencia de los trastornos sexuales.

Por más que lo intentara, no había forma de eludir la realidad: el cáncer es una putrefacción de los tejidos que se produce en vida, como consecuencia del hambre de placer del organismo. Ni los métodos, inadecuados de investigación ni los errores terapéuticos por sí solos eran los responsables de que se hubiera pasado por alto este hecho tan simple. Yo lo encontré por casualidad, sólo porque debía ser consecuente como economista sexual y rastrear los resultados de las perturbaciones sexuales en todas las direcciones.

En realidad, la responsable de esta ceguera es toda nuestra visión del mundo: nuestro moralismo, la deformación sexual de nuestros niños y de nuestros jóvenes, los prejuicios moralistas de la medicina y la pedagogía; en una palabra: nuestra ceguera ante la vida y nuestro miedo a la misma, esa ceguera y ese miedo que se van trasmitiendo desde hace varios milenios, de generación en generación.

Hemos convertido la función más importante de la vida en algo ilegal, la hemos rotulado de pecaminosa y hasta de criminal, y le hemos negado toda protección social. Y por añadidura, hemos tolerado y seguimos tolerando al enemigo mortal de la vida erótica natural de la infancia: la pornografía, la chismografía sexual, la coerción sexual y las leyes medievales respecto al sexo.

Seguimos tolerando que mentes sucias -ya sean hipócritas y mojigatas o bien abiertamente sádicas y pornográficas- sigan determinando cómo hemos de educar a nuestro hijos y a quién debemos amar y abrazar. Hemos perdido la confianza en las leyes naturales de la vida y ahora estamos experimentando las consecuencias.

No podemos dejar de sorprendemos ante la vitalidad y la capacidad de resistencia del organismo. Resulta difícil creer que los organismos humanos no perezcan más rápido, si tenemos en cuenta la acción devastadora del mecanicismo y del misticismo. Pero nuestra esperanza radica, precisamente, en esa fuerza de lo vivo. Si un organismo maltratado es capaz de sobrevivir por espacio de décadas antes de desarrollar crecimientos locales, puede que lleguemos a ver el final de ese terror sin límites que es hoy el cáncer; pero eso sólo ocurrirá si encaramos el problema sin ilusiones y, sobre todo, si nos negamos a aceptar las ideas neuróticas de un género humano azotado por la peste.

El World Almanac de 1942 contiene un resumen estadístico de la frecuencia con que aparecen las enfermedades que hemos definido aquí como biopatías. Son datos oficiales del Estado de Nueva York. He tomado estas cifras del artículo de un colega. Entre 1921 y 1940, el considerable descenso en el promedio de enfermedades no-biopáticas (neumonía, difteria, etc.) coincide con el aumento del porcentaje de enfermedades biopáticas (enfermedades mentales, hipertonía cardiovascular, cáncer, suicidios, criminalidad, etc.).

(Estadisticas de Nueva York en cuanto al aumento de enfermedades biopatias con respecto a las somaticas, infecciosas, etc., omitidas)
(....)
Estas cifras demuestran que las biopatías no sólo son de naturaleza muy diferente de la de otros tipos de enfermedades, sino que no se las entiende. La medicina mecanicista, que no se orienta por la economía sexual, no tiene acceso a las biopatías. Las biopatías son enfermedades provocadas por trastornos de la pulsación biológica del aparato vital autónomo.

En el fondo, estos trastornos tienen un condicionamiento social; se trata de enfermedades resultantes dé la estasis sexual: Su principal característica es una alteración de la economía de la energía biológica, o sea, la impotencia orgástica, que imposibilita la correcta pulsación del aparato vital , y hace descender la potencia orgonótica. El número de biopatías se mantiene en continuo crecimiento. La situación es muy grave y exige atención y asistencia.

La economía sexual y la biofísica orgónica ofrecen a la medicina y a las ciencias de la educación algunos datos importantes que podrían representar una valiosa ayuda en este terreno. Nuestra ayuda no es de la naturaleza que el común de la gente desearía; no hemos descubierto ninguna droga que haga desaparecer masivamente y de una vez por todas el flagelo de las biopatías. Eso no es tan fácil. La campaña contra las biopatías ha de ser una de las tareas más pesadas que haya encarado jamás la sociedad humana. Me atrevo a asegurar que ninguna revolución, ni siquiera el esfuerzo que requirió dominar las pestes del Medioevo, es comparable a esta misión, en cuanto a magnitud, profundidad y riesgos.

Es probable que la solución de este problema exija la mayor revolución del pensamiento y de la acción que el hombre haya encarado jamás. Y estos cambios no pueden producirse por acción individual, sino de toda la sociedad.

Las biopatías son una enfermedad endémica de la población de la tierra. El índice de enfermos mentales en el Estado de Nueva York, que se ha duplicado en los últimos 20 años (y estas cifras tienen validez para todo el mundo), no requiere comentarios. Todavía no contamos con los conocimientos necesarios o, si contamos con ellos, aún no están lo bastante organizados y las teorías erróneas están demasiado arraigadas como para permitirnos esperar que las biopatías puedan ser eliminadas con rapidez, con facilidad y sin peligros. Apenas estamos comenzando a comprender la tremenda desgracia que aflige al género humano desde hace algunos milenios y que, en la actualidad, amenaza casi con aplastado.

Esta tragedia no podría entenderse ni encararse con droguitas, slogans políticos u oraciones. Esas cosas sólo contribuirán a ahondarla. Los requisitos indispensables para llegar a la solución son: profundizar los descubrimientos ya efectuados; fomento y defensa de la verdad bajo cualquier circunstancia; coraje para admitir la enormidad de la tragedia social y confianza en la función vital natural. Lo esencial de esta tragedia es que se ignora la función natural de lo vivo, se la teme y se la reprime por doquier. Y sin embargo, es y seguirá siendo la única esperanza. Está y seguirá estando ligada a la función sexual natural de la especie animal "hombre". Es imposible eludir esta verdad y es una bendición que no podamos eludirla.

El doctor Friedrich Lönne, director del Theresienhospital de Düsseldorf, declara lo siguiente en su tratado Wirksame Krebsbekämpfung (1937): "Tenemos que contar con que, en Alemania, mueren anualmente unas 15.000 mujeres de cáncer uterino y vaginal y unas 3.500 a 4.000 de cáncer de mamas. En más de 12.000 casos de útero y vagina, el mal está radicado en el cuello de útero..."

El cáncer de los órganos genitales, y de las mamas es muchísimo. Más frecuente que el cáncer de otros órganos, Eso demuestra con toda claridad la naturaleza sexual biopática del cáncer. Si ligamos este hecho con el predominio de la frigidez sexual entre las mujeres, comprenderemos que las estadísticas sobre cáncer no hacen más que confirmar lo que la práctica clínica de la economía sexual nos viene demostrando desde hace mucho tiempo respecto a los trastornos de las funciones sexuales. Y lo que perseguimos aquí es justamente demostrar la relación existente entre la patología sexual y las estadísticas de cáncer. Porque de eso puede extraerse una importantísima conclusión: La afección cancerosa local es un fenómeno resultante de la economía sexual trastornada del organismo.

Por eso, una campaña radical contra el cáncer exige un cambio radical en la higiene sexual de la población. Las declaraciones de muchos cancerólogos no suenan muy lógicas si se las considera en función de esta conclusión. Porque ocurre que, en su impotencia en la lucha contra el cáncer, creen necesario aferrarse a teorías erróneas y perimidas. En lugar de extraer las mismas conclusiones que nosotros de esa predilección del cáncer por los órganos sexuales, escriben cosas como éstas:

"Las investigaciones científicas acerca del cáncer consideran en la actualidad que, además de las causas locales para el desarrollo del cáncer, debe suponerse la existencia de otro factor general, que es la debilidad del sistema antiblástico"
(El "sistema antiblástico", que hasta ahora no ha sido entendido, no es otra cosa que nuestra "reacción B", es decir, la "potencia orgonótica" del organismo. W.R.)
"En el tratamiento práctico del cáncer, nos vemos obligados -por razones clínicas- a sujetarnos a la teoría del origen local de esta enfermedad porque la mejor operación y el mejor tratamiento de rayos serían sólo una dudosa solución parcial si antes de la aparición del tumor ya existiera una enfermedad sistémica: Tanto los médicos como los pacientes perderían su confianza en la curabilidad del cáncer, porque ninguno de nosotros conoce un método eficaz para combatir una enfermedad sistémica, si es que ésta realmente existe. (De Krebskrankheiten, Hirzel, Leipzig. 1937, pp. 221 y ss.)".

De modo que si no conocemos un método para curar la biopatía del cáncer, la solución es ignorar su existencia y seguir aferrados a la teoría del origen local del tumor canceroso, pues de lo contrario tanto el médico como el paciente pierden la confianza: ¿Qué confianza? Confianza es una ilusión, que no hace más que cerrar el camino a la comprensión de la biopatía del cáncer y, por consiguiente, a su eliminación. Esta argumentación de Lönnes es muy similar a la de ciertos psiquiatras, que niegan el origen social de la represión sexual o la naturaleza biopática de las neurosis y psicosis sólo porque al admitir estas relaciones entran en conflicto con determinadas instituciones sociales y se ven obligados a defender públicamente hechos muy impopulares. Esta conducta está reñida con la medicina y con la ciencia en general. Es una simple cuestión de negocios o de miedo a encarar la vida.

El lector comprenderá mejor ahora por qué describí como primer caso de cáncer una biopatía de encogimiento sin tumores malignos diagnosticables. También justificará el hecho de que en esta exposición se haya concedido importancia al fondo biopático y no al tumor local.

En la literatura sobre estadísticas de cáncer se afirma que el crecimiento de las cifras de muerte por cáncer durante las últimas décadas se atribuye al mayor acierto de los diagnósticos, tanto en el organismo vivo como en los cadáveres; de modo que el aumento de las cifras sería sólo aparente. Para aferrarse a la teoría de la "naturaleza puramente hereditaria del cáncer", se niega que los pueblos primitivos, que todavía llevan una vida sexual natural, se mantienen relativamente libres de esta enfermedad y que el aumento estadístico de las muertes por cáncer corresponde a un crecimiento real de la enfermedad.

A continuación reproducimos una estadística sobre casos de muerte por cáncer en Noruega, entre 1853 y 1925 (según Gade).
(....)
La interpretación que los místicos de la herencia hacen de estas cifras estadísticas podría resumirse así: La mística de la herencia no admite que el medio social influye sobre los factores hereditarios. La teoría de la herencia de caracteres adquiridos no ha logrado imponerse hasta el día de hoy, pese a que es acertada. Hay razones de sobra para dudar del carácter científico racional de la teoría de la herencia. No podemos dudar, en cambio, de que en cualquier enfoque de la herencia interviene un factor emocional que escapa a todo control. Y es precisamente este factor irracional en la teoría mística de la herencia lo que lleva a excluir las influencias del medio social y a eternizar los caracteres de la masa hereditaria. Por consiguiente, para ella, las enfermedades heredadas formarían parte de la "masa hereditaria" y serían inaccesibles desde el punto de vista de la profilaxis.

Todo esto significa que, de acuerdo con este enfoque la trasformación de las influencias sociales es algo innecesario e inadecuado Es más, si el cáncer se da en los vegetales y en los animales, es decir, en la Naturaleza entera, no existirían diferencias entre los pueblos primitivos y el hombre mecanizado en lo que a esta enfermedad respecta. En consecuencia, el cáncer sería el resultado de una "malformación embrionaria" y, por eso, en los libros de texto se lo trata entre los teratomas.

De este "enfoque hereditario" resulta, además, que el crecimiento de las cifras de muerte por cáncer es puramente artificial y sólo se debe a un perfeccionamiento de las técnicas de diagnóstico y al mayor número de médicos con relación a la población, lo cual permite detectar más tumores cancerosos que antes.

El sentido oculto de todos estos argumentos es el de salvar la falsa teoría de la masa hereditaria inalterable y evitar que el enfoque vivo y funcional de la interacción entre plasma y medio acabe con ella. Esta teoría mecanicista-metafísica de la masa hereditaria no ha producido una sola idea fecunda en cuanto a la posibilidad de una influencia médica sobre las llamadas enfermedades hereditarias. Un enfoque de esta naturaleza conduce en línea recta a la idea mística del superhombre y del hombre inferior como producto de una herencia inalterable, es decir, al mundo de las ideas de la peste emocional. Pero esto no es de sorprender, pues se trata justamente de la función conservadora que desempeña la teoría de la herencia. Los trabajos de Darwin, de Vries, Freud, etc. han logrado abrir una amplia brecha en ella; pero, por desgracia, esa brecha resulta aún insuficiente. La teoría de la herencia no es ciencia sino una coartada ética.

Por las razones que acabamos de esbozar, es difícil formular comentarios sobre estadísticas aparentes como las que hemos reproducido. El número de médicos aumentó en forma considerable en Noruega desde 1853, de modo que la evaluación de estas cifras es extraordinariamente difícil.

El argumento de que el aumento de los casos de muerte por cáncer es una estadística artificial o que puede atribuirse a un aumento en la expectativa media de vida pierde toda validez si, en lugar de aislar la biopatía del cáncer de las restantes biopatías sexuales, se la relaciona con el aumento del número de muertes por biopatías cardiovasculares, con el aumento de casos de esquizofrenia, de criminalidad y de suicidio.

Si se establece esta relación y se capta el fondo económico-sexual y social que todas ellas tienen en común, los argumentos esgrimidos se convierten en fórmulas vacías. Sólo entonces nos enfrentaremos al hecho desnudo del efecto mortal causado por la peste emocional y por la ignorancia de los médicos y educadores en lo referente a la vida sexual natural de los niños y adolescentes. No hay negligencia de la medicina que pueda compararse con esta imperdonable indiferencia general ante el flagelo del hambre sexual.

La medicina y la pedagogía no fueron culpables de que cientos de miles de personas fueran víctimas de la peste bubónica. Se desconocía el agente. La medicina no fue la culpable de que infinidad de mujeres murieran de fiebre puerperal. Pero las biopatías mortales son producidas, en última instancia, por las reacciones irracionales de individuos, es decir que su origen es social.

Los educadores y los médicos eluden los problemas sexuales o los enfocan desde el punto de vista de una moral coercitiva. Es una actitud deliberada, pero en general inconsciente. La resistencia que estos grupos ofrecen a la lucha contra las biopatías sexuales es una prueba de lo acertado de esta afirmación.

Pero ante esta triste verdad se levanta una poderosa esperanza. Cuando se llegue a comprender que las enfermedades biopáticas del aparato vital son, a la vez, causa y resultado de enfermedades sociales, ese cuadro tan alarmante y desconcertante se simplificará. Es verdad que ningún ser humano puede constituirse en salvador; es verdad que no podrá aparecer el "redentor" que aguardan las masas; pero el constante agravamiento de la tragedia social logrará lo que ningún individuo puede lograr: las masas humanas, que tanto padecen biopática y socialmente, se verán obligadas a pensar en forma racional y a recuperar el contacto con su esencia biológica. Esta revolución ha de ser, probablemente, el resultado más significativo de la peste emocional del siglo XX. Hay innumerables signos de que esa revolución está en marcha, pero, por desgracia, esa brecha resulta aún insuficiente.

Hace diez o veinte años, la sexualidad del niño y del adolescente era un tema tabú, tanto para los legos como para los científicos. Hoy ya no lo es y cada vez lo será menos. El padecimiento sexual se ha hecho demasiado obvio, se ha difundido demasiado. Los ensayos y estudios extraoficiales, e incluso oficiales, en torno al problema son cada vez más numerosos e insistentes. Todavía no se los incluye en ningún programa político; pero, por primera vez en la historia de la humanidad, se está examinando la utilidad y la racionalidad de los programas políticos. Hasta se ha llegado a preguntar si la política en sí no es una enfermedad social. La conciencia de las exigencias naturales de la vida se hace cada vez más clara, y ya no como imposición o sueño de personalidades individuales, sino como logro de la sociedad humana.

El lector se preguntará qué relación guardan estos problemas sociales generales con el flagelo del cáncer. La relación es muy estrecha: la dependencia es total. La principal finalidad de este libro es demostrar en forma convincente que el cáncer, en tanto forma especial de biopatía, está indisolublemente ligado con el problema de la sexualidad y con la estructura de nuestra sociedad.

Más aún: el cáncer ha constituido hasta ahora un problema insoluble, porque nunca se tomó en cuenta su motivación sexual ni social. "¿Pero qué tiene que ver la patología orgánica con la sociología?", se suele preguntar.

Hace pocos años se preguntaba en Europa qué tenía que ver la vida sexual de las masas con la política y la sociología. Hoy esa pregunta no se formula más. En este terreno, la economía sexual ha logrado abrir amplias brechas en la muralla del pensamiento tradicional. Ya no existe una sexología "apolítica", como existía en el III Congreso de la Liga Mundial por la Reforma Sexual, celebrado en Viena en 1930. Hoy es cosa sabida, en el campo de la biopsiquiatría, que la sexualidad y la sociología sólo pueden tratarse en relación una con otra. No pasará mucho tiempo antes de que la patología orgánica investigue las causas sociales y sexuales de una lesión tisular. El hombre es un organismo biosexual y social que desarrolla trastornos funcionales tanto en los tejidos como en su vida emocional.

Quienes estén familiarizados con las cifras sobre crecimiento
de la biopatía carcinomatosa se habrán preguntado por qué esta enfermedad en particular se ha difundido así. Hace algunos años los psiquiatras se vieron enfrentados al mismo interrogante, al comprender que las enfermedades psíquicas no se limitan a los síntomas histéricos y neuróticos compulsivos y que las neurosis de carácter pasaban cada vez más a primer plano y se difundían en sectores cada vez más amplios de la población, se llegó a esta conclusión: antes del comienzo de nuestro siglo, la represión sexual y el acorazamiento eran totales. Eso significaba que sólo se producían irrupciones violentas y circunscriptas de síntomas neuróticos, la grande hystérie, etcétera.

El individuo íntegramente acorazado era el "hombre normal". A partir de entonces, las demandas sexuales se fueron abriendo cada vez más camino y exigieron que se les prestara atención y se las satisficiera.

Asi, las neurosis sintomáticamente circunscriptas fueron dando lugar a la neurosis de carácter: las mayores exigencias de la vida chocaron contra formas reprimidas y rígidas de existencia, contra dogmas irracionales y contra inhibiciones neuróticas internas.

Seres humanos que adquieren conciencia de sus necesidades sexuales al cambiar las costumbres, pero que, al mismo tiempo, no encuentran los caminos y medios para permitir que su energía sexual siga un curso natural en la satisfacción plena, tienen que vivir, necesariamente, un grave conflicto, tienen que ser víctimas de biopatías, tienen que volverse asociales y criminales.

Es imposible retornar al ayer. Estamos inmersos en un progreso sin parangón, por más que sea doloroso y momentáneamente peligroso. Cualquier intento de resistencia sólo contribuye a producir desdicha o aumentar la ya existente.

Los reaccionarios y místicos sólo verán en esto el peligro de la "inmoralidad" y exigirán el retorno a la antigua vida de resignación. En realidad, insisten constantemente en esta exigencia; pero no aportan nada constructivo, no proponen nada que alivie el sufrimiento humano. Y en la evolución biosocial no hay retorno. Sólo existe la posibilidad de lograr que esa evolución sea menos dolorosa y menos sembrada de peligros.

Lo dicho respecto a la difusión de la biopatía carcinomatosa puede aplicarse a las biopatías en general. La evolución social ha comenzado a reemplazar las antiguas formas de vida social por modalidades nuevas. A principios de siglo, una mujer de 35 años era una matrona; hoy es una joven llena de vida. Lo mismo puede decirse del hombre cuarentón o cincuentón Pero la educación y la medicina no se han puesto a tono con esta evolución social. La capacidad estructural de los individuos para vivir en forma plena es muy inferior a sus conocimientos y a sus exigencias. Por eso la estasis de energía biológica en los organismos humanos es mucho mayor que hace 20 o 40 años.

Alrededor del año 1900, una mujer frígida que permanecía en su casa, que no ejercía una profesión ni mantenía contacto con hombres, estaba mucho menos expuesta a un conflicto sexual consciente de lo que estaría hoy, cuando su participación en la vida social se torna cada vez más activa.

El desarrollo industrial y la guerra actual son las principales causas de esta situación. Y debemos estar preparados para cambios más revolucionarios aún en la vida femenina. Nadie -con excepto de los fascistas- exigirá que la mujer "vuelva a la cocina".

Y hasta el propio fascismo ha revelado su impotencia en este aspecto. Ahora bien, si el organismo humano está expuesto a una creciente discrepancia entre lo que exige la vida y su propia incapacidad de gratificación, es lógico que la estasis de energía biológica aumente en la misma medida. Y cuanto mayor es la estasis sexual, tanto más profundo será el daño fisiológico y emocional que inflija al organismo.

El cáncer es la expresión somática más significativa del efecto biofisiológico de la estasis sexual. La esquizofrenia es su equivalente en el terreno emocional No es por una simple casualidad que el estado de Massachusetts, en el cual impera la más estricta legislación en contra del control de la natalidad en pleno siglo XX, tenga uno de los índices de mortalidad por cáncer más altos de los Estados Unidos.  Será preciso aprender a tomar muy en serio el cáncer como producto de la inanición sexual.

El enorme incremento de las biopatías es pues la simple expresión de una discrepancia entre el ansia de vida sexual y la incapacidad de concretarla. El ansia de vivir se ha desarrollado de una manera descomunal; la capacidad de vida (potencia sexual, capacidad de responsabilidad, autorregulación, etc.), en cambio, no ha progresado. La solución no consiste en reducir nuevamente la voluntad de vivir sino en crear una capacidad estructural de vida en el organismo humano que esté de acuerdo con las exigencias de la vida. Esa misión es esencialmente educativa y social. La medicina no es más que una mediadora. Es evidente que para desarrollar en plenitud la capacidad de placer y de vida en el individuo será necesario trasformar las instituciones y leyes que la restringen desde hace siglos y, a veces, milenios. Por eso si los adolescentes de ambos sexos establecen relaciones eróticas naturales, que los gratifiquen antes de la edad legal y eso los expone al reformatorio, es decir, a la asocialidad, lo racional es modificar esas leyes caducas y no la natural sexualidad de la gente joven.

Este solo ejemplo basta para calcular la magnitud de las fuerzas contra las cuales chocará un experimento social de esta naturaleza, y la intensidad que alcanzará el conflicto. ¿Pero acaso alguien puede creer que esa lucha será una simple cuestión de palabras y no de problemas vitales específicos, como el que acabamos de mencionar? Los cambios sociales no se producirán con frases sino con la solución concreta de los problemas individuales.

"¿Cuáles son los aspectos públicos del cáncer? El cáncer es responsable de mayor número de muertes que cualquier otra enfermedad, con excepción de las afecciones cardiacas. Aproximadamente una de cada ocho muertes ocurridas en Massachussets se debe a esta enfermedad. Massachussets tiene uno de los índices más altos de todos los estados por causa de este mal. (What and Whys of Cancer, Massachusetts Department of Public Health, 1939)

El plan "Orgonon" sobre la posibilidad
de la prevención del cáncer

Hasta el verano de 1942 me había negado a facilitar acumuladores de orgón a los pacientes para su utilización a domicilio. Varios amigos que seguían con entusiasta interés mis trabajos me lo habían sugerido. Mi negativa obedecía a diversas razones. Desde un punto de vista puramente legal, no estaba clara la forma en que debían librarse los acumuladores al uso público.

Como los negocios no me interesan, no quería convertirme en "empresario"; por otra parte, dejar la construcción y distribución de los acumuladores de orgón en manos de comerciantes habría significado someter las investigaciones sobre el orgón a las prácticas propias de la industria farmacéutica actual. También me detenía la desagradable competencia que se desencadenaría en forma inevitable. No tenía ni tiempo ni ganas de encarar ese tipo de problemas.

Quise patentar el acumulador, pero comuniqué expresamente a la Oficina de Patentes y a todos mis colaboradores que sólo lo hacía para defender el descubrimiento de una explotación comercial inescrupulosa. El orgón, como el agua y como el aire, se obtiene gratuitamente y existe en cantidades inconmensurables. Si se lo recoge en acumuladores (como se recoge el agua en un tanque), es para administrárselo a los usuarios en forma concentrada. Es importante proveer medios para que el orgón concentrado resulte accesible hasta a los sectores más pobres.

El lector se preguntará por qué no me limité a "ofrecer al mundo" mi descubrimiento, como es habitual. Yo mismo me formulé esa pregunta. Como no me interesa la explotación económica del descubrimiento, no me habría resultado difícil crear en torno a mi persona ese halo de generosidad que genera una donación de ese tipo. Pero no puedo olvidar que las investigaciones sobre orgón deben seguir adelante.

Hasta ahora, ninguna institución social ha considerado necesario ofrecer a nuestro instituto el apoyo económico que se brinda a cualquier mediocre trabajo experimental en el campo de la química. Para colmo, la investigación del orgón debió sufrir en los países escandinavos el duro impacto de la mezquindad e irracionalidad de convencionales funcionarios de la ciencia. Estos grupos estuvieron a punto de destruir todo el trabajo cuando comenzaron a intuir que la física orgonótica funcional amenazaba con constituirse en un peligroso rival del mecanicismo y del misticismo en las ciencias naturales.

El ataque de que fui objeto en Noruega, en 1937-1938, fue un serio aviso. Tuve que desprenderme de mi ingenuidad. Es muy peligroso esperar ayuda de instituciones sociales que deben su existencia a la falta de conocimientos. ¿Qué le habría ocurrido a Edison si hubiera recurrido a los fabricantes de lámparas de gas para que financiaran el desarrollo y producción de sus bombillas eléctricas?
El orgón atmosférico es para la industria farmacéutica lo mismo que la bombilla eléctrica fue para la industria de las lámparas de gas.

Siempre recuerdo que madame Curie no tenía el dinero para comprar el radio necesario para sus investigaciones; que se lo obsequiaban como por lastima, mientras que los magnates ganaban millones negociando con ese material.
Conozco demasiado bien la "ética" del comercio y sé hasta que punto depende de ella la ciencia rutinaria, de modo que he aprendido a ser cauto.

Descartada la venta, la donación o la explotación personal de la patente, parecía no quedar camino para el aprovechamiento práctico del orgón. Pero como ocurre con tanta frecuencia en esas situaciones, la marcha natural de los sucesos trajo la solución que ahora relataré:

Desde hace algunos años disfruto de la amistad de un cazador de nutrias y pescador de Maine, en donde poseo una cabaña. El hombre tiene ahora 70 anos. En esa cabaña de Maine instalé un laboratorio para el estudio del orgón atmosférico. Dado que la gran humedad imposibilita el trabajo en Nueva York durante los meses de verano, yo proseguía mis investigaciones en Maine.

En febrero de 1942 me enteré por su familia que mi amigo padecía de un cáncer de próstata y estaba internado en una clínica, en donde se lo sometía a un tratamiento de rayos X. El tumor había sido descubierto unos meses atrás y, en noviembre de 1941, los médicos le pronosticaron de seis meses a un año de vida a lo sumo.

La noticia me conmovió profundamente. Habíamos llegado a ser muy buenos amigos cuando, años atrás, le expliqué la naturaleza de los biones.  Aquel hombre sencillo reveló un conocimiento natural del proceso de la vida con el cual difícilmente habrían podido competir muchos biólogos y físicos universitarios. Yo había llevado conmigo mi microscopio grande y le pregunté si quería ver la energía vital de los biones. Pero quedé mudo de asombro cuando mi amigo -antes de asomarse al microscopio- me describió los biones a la perfección. Durante muchas décadas había observado, con el agudo instinto de un ser íntimamente ligado a la naturaleza la germinación de las semillas y el caracter del humus y se había trazado el siguiente cuadro: en todas partes -así me dijo- hay minúsculas y delicadas burbujas (bubbles). Esas burbujas representan la "vida" Todo se desarrolla a partir de ellas. Son tan pequeñas que no se las distingue a simple vista, pero el musgo de las rocas nace de ellas. La roca expuesta a lluvias continuas se "ablanda" en superficie y forma esas burbujas portadoras de vida. Más de una vez había intentado tratar ese tema con turistas universitarios, pero siempre habían escuchado su teoría con una curiosa sonrisa. Sin embargo, él estaba seguro de tener razón. Yo estuve de acuerdo con él, porque ¿cómo era posible que las "semillas" de musgo "echaran raíces" en la roca?

Cuando aquel hombre vio en el microscopio las vesículas que había intuido y le expliqué que la lente aumentaba 4000 veces el tamaño de aquellas "burbujitas", experimentó -según sus propias palabras- "la emoción más grande de su vida". Jamás había esperado llegar a ver las burbujitas en las cuales él creía firmemente y en las cuales pensaba cada vez que trataba de concebir el verdor, el crecimiento, la floración y la fertilidad del suelo.

Durante aquel primer verano no le hablé del orgón atmosférico por temor a empañar nuestra relación. Más tarde me enteré de que también él me había ocultado ciertas ideas suyas por la misma razón.

Cuando en el verano de 1942 me trasladé a Maine para proseguir mis investigaciones sobre física orgonótica lo encontré en estado caquéctico. Había perdido mucho peso, caminaba encorvado, apenas si podía trabajar, se cansaba muy pronto, había perdido el apetito y también las esperanzas. Sabía que no le quedaba mucho tiempo de vida. Un médico se lo había confirmado. Me confesó que no se resignaba a su destino; más aún, que se rebelaba con todas sus fuerzas. No quería morir, porque aquel mundo de bosques, montañas y lagos, en el cual había pasado casi setenta años de su vida, era demasiado hermoso y estaba demasiado ligado con él. No podía concebir que pronto dejaría de verlo y de disfrutarlo. Amaba su soledad en el bosque, esa soledad en la cual había luchado duramente por la existencia durante muchas décadas.

El tratamiento con rayos X había calmado sus agudos dolores por un breve lapso, pero ahora éstos habían reaparecido. No tenía dinero, pues siempre había sido un mal negociante. La familia estaba desesperada. Los médicos no le habían dado la menor esperanza. No quería volver a la clínica; se había sentido muy mal allí y se había rebelado contra todo y contra todos. De modo que, además de ser un mal negociante, era un pésimo paciente. Como todo individuo que está muy cerca de la naturaleza, no se adaptaba con facilidad a los "valores" de la cultura y de la civilización. Sabía demasiado acerca de la naturaleza, del amor y de la vida, de la guerra y los negocios, como para poseer esa respetada cualidad que definimos como "entrega al destino". Era profundamente religioso en el buen sentido, pero despreciaba el negocio eclesiástico. Eso le había valido la fama de apóstata en la región, cosa que, por cierto, no iba en desmedro del gran respeto que todos sentían por él. Yo siempre pensé que si ese hombre hubiera nacido en otro medio económico podría haber sido un brillante naturalista. ¡Cuántos talentos se pierden así!

Un día le pregunté si creía en Dios y me respondió: "Por supuesto, -respondió-, está en todas partes, en mí y en torno a nosotros. Mire eso..." Señaló él azul frente a las montañas distantes. "I call it life, but the people would laugh at me, and therefore I don't like to speak about it".*

De modo que también conocía la existencia de la energía orgónica en la atmósfera.
Hacía semanas que su familia y yo trazábamos planes para convencerlo de que utilizara el acumulador de orgón. Era extremadamente desconfiado en todo lo que se refería a medicina y, para colmo, era tozudo. No iba a ser tarea fácil la de convencerlo y su hija lo consideraba un imposible.

Cuando me reveló su secreto y definió el azul de la atmósfera como "vida", yo también le confié el mío. Le dije que tenía razón, que lo que él llamaba "vida" era, en efecto, la energía biológica descubierta por mí, el "orgón". Y esa energía podía concentrarse y se la podía ver brillar como un relámpago. Le expliqué que las auroras boreales también eran manifestación de un estado especial del orgón. Una noche le mostré los rayos de orgón en un orgonoscopio. Los vio y los entendió al punto, sin ninguna de esas dudas compulsivas que los universitarios mecanicistas y místicos exponen en esos casos para preservar su dignidad científica.

Lo convencimos de que construyera un acumulador de orgón para su propio uso. Puso manos a la obra cautelosamente y con mucha renuencia. El proceso nos parecía interminable, pues su decadencia física era cada vez más rápida. Por fin, un día el acumulador quedó terminado y mi amigo se instaló en él. Nos informó, radiante, que había experimentado un cosquilleo en las manos. Pero no logramos convencerlo de que utilizara el acumulador en forma regular. Por fin descubrí que se resistía con todas sus fuerzas a aceptar el hecho de que estaba enfermo.

Mantuve una charla amistosa con él, pero fue en vano. Pero un día de tormenta comenzó a experimentar violentos dolores y ya no pudo moverse. El ardor en la uretra era tal, que estuvo a punto de entregarse a la enfermedad.

Con gran esfuerzo de mi parte, y con la ayuda de su intenso deseo de vivir, lo persuadí de que se sentara en el acumulador dos veces por día, durante una hora. A los pocos días desapareció el dolor. El análisis microscópico de la orina reveló la presencia de células cancerosas en estado de desintegración. Los bacilos T estaban inmóviles, pero eran muy abundantes. El enfermo volvió a andar y recuperó el apetito. Le arranqué la promesa de
que se cuidaría por lo menos durante un año, de que no experimentaría la enfermedad como una ignominia y de que proporcionaría a su organismo la posibilidad de recuperarse.

Los efectos del acumulador, sumados a mis esfuerzos psicoterapéuticos, dieron resultado. Seguí su proceso de recuperación durante varias semanas. El visitaba mi cabaña, que estaba a cuatro millas de su casa, y me interrogaba acerca de las características de esa energía a la cual él llamaba "vida". Entendía en forma intuitiva todo lo que yo había elaborado experimentalmente y lo entendía bien.

Por fin partí, convencido de que pronto dejaría de utilizar el acumulador con regularidad. Pero estaba errado. Le tomó cariño, admitió que le había salvado la vida por el momento y me informó por carta que se sentía mucho mejor. Ya no experimentaba dolores, aumentó de peso y, según sus propias palabras, se sentía "rejuvenecido". Aumentó de peso en el transcurso de dos meses. Por un tiempo excretó un líquido parduzco, es decir, el detrito de tumor.

Este hombre debería haber muerto hace mucho tiempo. A la fecha de la publicación de este libro se muestra lleno de vida, casi no experimenta dolores y no necesita recurrir a droga alguna. Cualquiera que sea su destino ulterior, al final de su vida ha experimentado el poder de lo que él llamaba "Dios" y "vida".

(Este hombre se llama Herman O. Templeton y es el administrador de los laboratorios del Instituto Orgón, que establecimos en Franklin County, Maine, bajo el nombre de "Orgonon".*)

Lo que paso a describir ahora es sólo un plan del Instituto del Orgón. Su materialización no depende sólo del Instituto. No sabemos cuánto tiempo transcurrirá hasta que la administración social reconozca los peligros que para la existencia humana representan las biopatías sexuales. No sabemos cuánto se prolongará esta guerra que impide fomentar el desarrollo humano. De todas maneras, el Instituto del Orgón ha adoptado algunas medidas decisivas para la prevención de las biopatías.

Dejo ahora librado a juicio del lector el opinar si nuestros esfuerzos merecen o no el apoyo de la opinión pública. Y no me refiero sólo a reconocimiento o encomio, sino a asistencia tangible, económica y social.**

* El señor Templeton falleció más tarde a causa de un ataque anorgonótico. (Nota del editor alemán.)

** Si bien se hicieron grandes progresos en lo que se refiere a la implementación del plan expuesto por Reich en las páginas siguientes (escritas en 1943), las circunstancias que culminaron con su muerte fueron paralizando el trabajo en Orgonon. Hoy, Orgonon es una parte del Wilhelm Reich Infant Trust Fund; espera una renovación del apoyo que le permita volver a ser el centro de investigaciones de la orgonomía. El interés sin precedentes que despierta hoy esta joven ciencia nos permite concebir la esperanza de que esa ayuda se concrete a la brevedad. (Nota del editor alemán.)

 
Templeton fue el primer enfermo de cáncer que tuvo un acumulador de orgón permanentemente en su casa. El efecto de ese autotratamiento a domicilio fue excelente. Los enfermos de cáncer que concurrían a mi laboratorio para someterse a la orgonterapia iban a diario "al médico". Mi amigo fue su propio médico. Podía utilizar el acumulador con la frecuencia que quisiera y cuando se le ocurriera. Cuando experimentaba dolores no tenía que soportarlos hasta arreglar la cita con el médico; él podía someterse enseguida a la acción del orgón. Podía instalarse no una sino tres veces diarias en el acumulador. Le sobró tiempo para familiarizarse con la radiación, para trabar amistad con ella, por así decirlo. El acumulador ya no era un "aparato médico" en un "laboratorio clínico". El enfermo podía mostrárselo a sus amigos y parientes, invitar a Fulano o a Mengano a que se sentara en él, discutir con ellos los fenómenos y confirmar sus experiencias. El enfermo no era el objeto pasivo de un tratamiento, sino que desempeñaba un papel activo en la terapia. Aprendió a meditar sobre la energía que tanto lo había ayudado y a manejarla. Se convirtió en una nueva especie de trabajador social, que ponía a la gente de su medio en contacto con el tema, sin intervención del médico. Economizó mucho dinero que tendría que haber invertido en largos viajes, en medicamentos, etc.

Estos efectos médicos y sociales del acumulador de orgón a domicilio constituyen la base del plan Orgonon. Nuestro enfermo recuperado se ofreció espontáneamente a hacerse cargo de la construcción de acumuladores. Su hija lo sucedió, más tarde, en esa tarea. Si todo se cumpliera como es debido, con el tiempo la demanda de acumuladores de orgón aumentaría mucho, y por lo tanto se necesitaría un predio para levantar los talleres. Pero la adquisición del terreno y la edificación de los talleres exigen dinero. Las investigaciones sobre el orgón requieren sumas muy elevadas, que quienes trabajamos en el Instituto no podemos aportar y que nadie suministrará. Por eso, las pequeñas sumas cobradas para el uso de los acumuladores de orgón podrían cubrir no sólo los costos de su fabricación, sino todo el trabajo de investigación. Cuando el público se vaya familiarizando con la naturaleza del orgón, se mostrará dispuesto a contribuir a la investigación y se verá compensado por los beneficios del acumulador.

Así nació la idea de emplear el acumulador en la investigación del orgón, en lugar de venderlo o de explotarlo. Esto sólo podría realizarse en forma de una institución pública sin fines de lucro.*

--------------------------------------------

Cuando Reich murió en una cárcel norteamericana, atrapado por los “pequeños fascistas” (la plaga emocional, los llamaba) de los que había huido toda su vida, Reich había conseguido esconder unas doscientas cajas con material para ser abierto sólo 50 años después de su muerte.
El objetivo era salvar sus papeles del macartismo. El material no era menor: Reich fue médico, miembro y presidente de la Asociación Psicoanalítica de Viena a los 25 años, estudiante de neuropsiquiatría, asistente en el Policlínico vienés dirigido por Freud, y un psicoanalista que se alejó de la burguesía para trabajar con las clases obreras cuando los partidos comunistas desconocían el psicoanálisis. Además, fue pionero de los reclamos por anticonceptivos gratuitos, derechos reproductivos, derogación de leyes contra el aborto y la homosexualidad y modificación de leyes sobre matrimonio y divorcio. Cuando en 2007 se cumplió el 50 aniversario de su muerte, la Universidad de Harvard anunció que abriría aquellas cajas del autor de Psicología de Masas del Fascismo, un hombre que murió solo y encerrado tras décadas de lucha por la liberación de todos.
 

No comments:

Blog Archive